Entre bombas

Esta noticia no es nueva, tiene un par de semanas de retraso. Pero la intención de este escrito no es dar una primicia sino más bien ser un humilde reconocimiento para un cura argentino y en él a todos los misioneros, de la congregación que sean, que no solo gastan su vida entera en los lugares de mayor peligro, sino que la arriesgan completamente. Reitero, en este misionero va el reconocimiento a todos los que silenciosa e incansablemente hacen de su vida un acto de caridad. Estoy escribiendo, muchos ya lo habrán adivinado, sobre el Padre Gabriel Romanelli, IVE, párroco en la Franja de Gaza.

Muchos, o casi todos, saben quién es; lo habrán visto por televisión o habrán leído alguna crónica sobre él. Y después de quedarnos sorprendidos por lo que vimos o leímos, queda una pregunta de rigor: ¿qué lleva a un porteño a abrazar la vida religiosa, de misionero, y aceptar por obediencia y por decisión propia ser destinado a un lugar donde la guerra ya es crónica, entre dos pueblos completamente diferentes al suyo? Eso es lo que cualquier hijo de vecino se pregunta: ¿qué hace este tipo ahí? Para colmo, la nota aparecida en Clarín, en su suplemento “Valores Religiosos”, nos anoticia que el Padre Gabriel está con un tratamiento de quimioterapia. Inentendible. Porque además, en la Franja de Gaza, que tiene unos dos millones de habitantes, la parroquia a cargo del sacerdote tiene menos de 150 feligreses.

Desde el punto de vista puramente humano, no tiene explicación.

No vaya a creer el amable lector que todos los sacerdotes están dispuestos a ir a esos lugares, ni siquiera por el voto de obediencia. Conozco uno, bastante mediático, que recién ordenadito se negó a ir al destino al que lo mandaban, después de un tiempo salió de su congregación y ahora, desde un country donde vive, se dedica a despotricar contra sus antiguos hermanos de religión y contra la congregación que lo formó. En fin, que la bota de potro no es para cualquiera.

Pero volvamos a los hombres y mujeres de bien; porque el Padre Romanelli no está solo en la atención a su feligresía y a otros muchos que no son católicos; también están las monjas Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, la rama femenina del IVE, y las monjas de Santa Teresa de Calcuta.

No quiero abundar sobre lo que sale en la nota de referencia, mi intención más bien radica en poner en evidencia estas personalidades, que son ejemplares. No solo las anima el fuego interior que, sin dudas, es alimentado por la vida de la gracia, sino que además, como una nota característica de estas almas elegidas, sobresale en ellas la alegría. Quien conozca al Padre Romanelli, como es mi caso, sabe que él es así. Vive en un lugar alejado, con un idioma difícil, costumbres completamente diferentes, comida extraña, cada vez que tiene que entrar o salir de la Franja los check-point de los israelíes se vuelven insoportables, le caen bombas cerca y tantas otras cosas; es como para preguntarse: ¿de qué se ríe? ¿cómo es que mantiene la alegría? Cualquier otro ya hubiera salido corriendo del lugar.

Es, con seguridad, la alegría de anunciar a Cristo, de anunciar el Evangelio, de llevar la Verdad a todos, cueste lo que cueste. Es anunciar la Esperanza a través de la Caridad. Es la alegría que el mundo no puede dar.

Incredulidad, perplejidad, admiración y cierta sana envidia son sentimientos que, en ese orden, se van sucediendo en nuestras almas, las de los seres ordinarios, que no terminamos de entender en qué consiste el abrazar la cruz de Cristo; como la abrazó Él, que según el relato de la beata Catalina de Emmerick, al recibirla “se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de gracias por la redención del género humano”.

Llama tanto la atención la actividad de estos misioneros que el mismo diario Clarín, puntero en la Argentina de la cultura contra católica, se ha rendido ante estos ejemplos, AQUÍ y AQUÍ.

Día a día, los misioneros acercan las almas a Cristo y simultáneamente, sin que ellos lo noten mucho, van consolidando un enorme tesoro en el cielo, del que nos habla San Mateo en el Cap 6, versículos 19 a 21, abrazando su cruz y la de los demás.

Vaya entonces este muy humilde homenaje a los misioneros, sean de donde sean, del país y de la congregación a la que pertenezcan. Si hablo de los que pertenecen al Instituto del Verbo Encarnado es porque conozco a muchos de ellos; como aquel sacerdote jovencísimo que se propuso llevar a una treintena de oriundos de Papúa a conocer Tierra Santa y que hizo admirarse al mismo Papa Francisco, quien que le preguntó cómo lo había logrado. El sacerdote respondió con naturalidad: “tirándole de la manga a medio mundo”.  El itinerario incluyó la visita a Roma y al Vaticano, donde se encontraron en forma casual con el Pontífice. O aquellos que misionan en Jabarovsk, Rusia, donde la temperatura ha llegado a cuarenta grados bajo cero. O los que estuvieron en Irak durante toda la guerra con el ISIS, sin huir de este escenario trágico como lo hicieron algunos sacerdotes. Creo que si le preguntáramos a cualquiera de estos misioneros cómo emularlos, nos contestarían que la primera misión evangelizadora conviene que sea sobre nuestra propia vida.

2 comentarios sobre “Entre bombas

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