La buena muerte

¿Casualidad? Seguramente, si es que existe la casualidad.

El caso es que el domingo pasado leyendo en Infocatólica el artículo en que se reportea al Dr Alonso García de la Puente sobre la eutanasia, titulado “La buena muerte es estar rodeado de los tuyos”, no pude menos que asociarlo a lo que acababa de vivir, como espectador, apenas un día antes.

María Asunción era una noble anciana, soltera, que había pasado su vida haciendo el bien.

De inteligencia brillante y eximia pedagoga, llegó a ocupar altísimos cargos en el Ministerio de Educación de la Nación, fundando escuelas y ocupándose, hasta donde pudo, en que la enseñanza en el país fuera católica y de la mayor calidad posible.

El caso es que ahora, con más de noventa años y con una salud que se fue deteriorando en el último año, se encontraba ya en el ocaso de su vida.

Había llevado siempre una vida de católica practicante; pero, inteligente como era, a medida que pasaban los años, iba intensificando su vida de oración. Ya en el último año, ante la imposibilidad de la asistencia a Misa, todo eso se vio multiplicado en la medida que su salud y sus fuerzas se lo permitieron: Confesión y Comunión frecuentes, y recepción de la Unción de los Enfermos en varias ocasiones.

En los últimos meses los momentos de lucidez durante el día eran contadísimos y sumamente breves. La mayor parte del tiempo no tenía conciencia clara de quién era ni dónde estaba.

Como suele suceder, luego de un breve período de mejorías, inesperadamente su cuadro se agravó en muy poco tiempo. Al atardecer del pasado viernes, entrando la noche, su estado se complicó gravísimamente y la médica que la atendió en principio, pronosticó que la muerte de María Asunción era cuestión de horas.

Quienes rodeaban a la anciana, algunos de sus sobrinos, decidieron hacer una consulta a otra médica sobre la conveniencia o no de hospitalizar a la moribunda, dado que en los tiempos que corren y con la pandemia declarada, se corría el riesgo de que la anciana muriera sola en un hospital, y que luego de su muerte, su cadáver fuera entregado en un cajón cerrado y hasta quizá cremado sin la autorización de ningún familiar.

Sus sobrinos directos, una decena, se encontraban comunicados por WhatsApp, dado que varios de ellos residen muy lejos del lugar del hecho.

La segunda consulta a otra médica abría la posibilidad de que María Asunción fuera trasladada a un hospital, donde se “podría” conseguir una cama para ella, estabilizarla y ver en adelante si había alguna chance de sobrevida para ella.

Naturalmente, ante dos posibilidades distintas, las opiniones variaban de uno a otro y no se encontraba, porque no había, una respuesta segura y convincente sobre qué hacer con la enferma y sobre el compromiso moral de cualquiera de las decisiones que se tomara.

Uno de los sobrinos, misionero, a miles de kilómetros del lugar, intervino con la autoridad que su estado sacerdotal le otorga y con el agregado de su vastísima cultura, tranquilizando a todos al avalar moralmente cualquiera de las dos decisiones, en la dirección que fuera y dejando en manos de los que estaban con la anciana la decisión de cómo proceder.

Si bien eso pasaba a constituir una gran tranquilidad, el tema es que el tiempo volaba y, de inclinar la respuesta por la hospitalización había que hacerlo de inmediato, no solo por la precariedad del cuadro de María Asunción, sino porque fuera de la casa, en la calle, el Servicio de Emergencias estaba a la espera.

Idas y vueltas, pros y contras, lejos estaban los sobrinos de llegar a una decisión unánime, hasta que una de las sobrinas se acercó a María Asunción y comprobó que estaba lúcida, que entendía bien lo que le hablaba. La anciana había perdido el habla y se comunicaba con algunas pocas señales y con el movimiento de los párpados.

La sobrina, con palabras adecuadas y amorosas le hizo entender que estaba en estado gravísimo y que su vida se acercaba a su fin. A continuación le preguntó si prefería que la llevaran a un hospital o si prefería quedarse rezando con todos sus seres queridos a su alrededor y que Dios dispusiera lo que quisiera para ella. De optar por la primera posibilidad la enferma debía cerrar los ojos, y si fuera por la segunda debía mantenerlos abiertos.

La anciana abrió desmesuradamente los ojos, comprobándose entonces que había entendido la pregunta. La sobrina repitió el procedimiento dos veces más y la respuesta de la moribunda fue similar en ambos casos.

No quedó entonces ninguna duda de qué hacer con Asunción y lo sucedido fue transmitido a los hermanos distantes.

Entonces intervino de nuevo el misionero y explicó lo que convenía hacer.

Háblenle -dijo–, el sentido del oído es el último que se pierde. Háblenle del cielo, de la Santísima Virgen, de Dios y de la Divina Misericordia. Recen con ella que, aunque no parezca, el alma podrá estar lúcida. Yo me quedaré rezando acá.

Y así varios consejos más que ya no recuerdo.

Poco tiempo después se instaló al lado de la cama de María Asunción su hermana menor, madre del misionero, que la acompañó en su agonía final.

Durante la noche, un sacerdote del servicio sacerdotal de urgencias le administró la unción de los enfermos.

Algunas horas después, Asunción rendía su alma a Dios.

Si, García de la Puente tiene razón: la mejor muerte es estar rodeado de los tuyos.

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