Francisco y el celo amargo

Me encontraba yo, hace un par de días, rumiando mi malestar y frustración a raíz del genocidio que se viene en la Argentina a través de la aprobación del aborto y, por supuesto, la responsabilidad que le cabe en esta situación a la Iglesia Católica y, en especial, al Papa. Iban y venían los pensamientos en mi cabeza y recordaba aquel 13 de marzo de 2013 cuando los cardenales eligieron al actual pontífice.

Lo recuerdo perfectamente. Serían las cinco de la tarde y mi mujer había dispuesto sobre la mesa algunas golosinas y bebidas para festejar que teníamos Papa. Nos instalamos frente a un viejo televisor que no se usaba desde hacía muchísimo tiempo y esperamos el anuncio que, según los opinólogos y sabelotodo, sería la confirmación de la elección del Cardenal Scola.

Cuando el protodiácono anunció quién era el nuevo Papa, no logramos entender de quién se trataba, salvo una de mis hijas que, girando la cabeza, tradujo: “Cardenal Bergoglio”.

En casi cuarenta años en el Ejército uno ha pasado por sensaciones de alguna tensión. Lanzarse en paracaídas a 300 metros de altura, con equipo completo y de noche, sin saber dónde se va a caer, es una sensación muy particular. Lo mismo que estar colgado a más de 5000 metros de altura en un pico montañoso y sujetado solamente por una cuerda y un clavo de andinista. O estar, exactamente, en el medio de un tiroteo entre dos facciones antagónicas en la guerra civil de Angola. Todas situaciones que algún sobresalto causan, por lo menos hasta que uno adquiere experiencia. Pero debo decir que cuando escuché el nombre del cardenal Bergoglio como pontífice electo, un escalofrío, literalmente, que nunca había experimentado en mi vida, recorrió mi espalda. Sería seguramente porque hacía unos años, estando en un organismo del Ejército que se ocupaba de los temas no operativos sino de lo que hacía a las relaciones del Ejército “hacia afuera”, debí ocuparme de temas vinculados a la Iglesia y asiduamente debía leer homilías o sermones del entonces arzobispo de Buenos Aires. No dejaba de preguntarme cómo este hombre ocupaba ese cargo, y con la jerarquía de cardenal; para mí siempre fue inentendible.

Lo que esa elección, la de Francisco, significó para mí, lo encontré magistralmente expresado por Marcelo González en su Panorama Católico.

En esas cosas estaba pensando cuando una llamada telefónica de uno de mis hermanos me interrumpió. Pronto la conversación derivó en la situación de la Iglesia, Francisco, el aborto y temas afines. Y si valía la pena seguir escribiendo. Yo le dije que era tan mala y ruinosa la situación de la Iglesia y lo que sucedía a diario que me resistía a escribir siempre mostrando lo malo, que era lo que sobresalía. Entonces mi hermano me recomendó leer una carta que Monseñor Lefebvre había escrito a sus Hermanos sobre el celo amargo, cuyos párrafos más importantes se pueden leer en esta entrada del blog Stat Veritas.

Comprenderá el lector que es muy difícil no caer en la acritud y en la crítica acérrima a lo que la inmensa mayoría de la jerarquía de la Iglesia Católica hace prácticamente todos los días.

¿Cómo moderarse al juzgar la pasividad, blandura y el penoso nivel de nuestros obispos y del Vaticano mismo ante la posibilidad, que luego se concretara, de la sanción del aborto en la Argentina?

Algunos creen, para mí ingenuamente, que el gran derrotado de lo que sucedió en la Argentina ha sido el Papa. Vale la pena preguntarse si esta batalla del aborto en nuestro suelo a Francisco le interesaba mucho. Yo, personalmente creo que no. Desde los inicios de su pontificado nos advirtió que la Iglesia estaba “obsesionada” con el tema del aborto y de los homosexuales. Lo que en lenguaje curial significaba que con él eso no pasaría. Su prácticamente nula intervención en el tema antes de la votación y su prescindencia, conocido el resultado de la misma, algo nos debe decir. No le importó demasiado el tema. Si hasta su escriba, Sergio Rubín, compañero de colegio de quien esto escribe y de quien nos ocuparemos en su debido momento, quiso explicar la indiferencia de su mandante en el suplemento de Clarín, Valores Religiosos. Por supuesto que el escrito de Rubín fue lo de siempre, un mamarracho.

Y, por último, el inefable Arzobispo Sánchez Sorondo mandó un mensaje a los senadores apelando a la memoria de… Néstor Kirchner.

Eso es, hoy, el Vaticano. El nivel de indecencia, desvergüenza y descaro al que se ha llegado es lo que el escalofrío que me corrió por la espalda aquel trece de marzo me quería decir.

¿Alguien cree que por una cuestión tan secundaria para Francisco, como es el tema del aborto, romperá lanzas con sus amigos y aliados del apestoso kirchnerismo argentino? Podrá hacer pucheros con su cara o simular contrariedad, pero no se va a pelear con Crisitina Kirchner y su gavilla.

¿O creemos que de ahora en más apoyará a Macri o a Rodríguez Larreta?

Lo que ha pasado en la Argentina es de una gravedad inusitada, y la responsabilidad de los obispos y del Papa en ello es evidente para todos. Ellos, los jerarcas de la Iglesia, están demasiado ocupados en medir la temperatura promedio de Groenlandia o en las frigocalorías que se consumen en cada estación del año. Mientras tanto en nuestro país, en muy poco tiempo, comenzará la matanza de los inocentes. Por decenas de miles.

El escrito de Monseñor Lefebvre es acertadísimo, pero… ¡qué difícil es alcanzar la paciencia de la que habla San Pablo!

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