Choque de planetas

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Si durante los años del Concilio Vaticano II hubo un episcopado que estuvo a la vanguardia del progresismo en la Iglesia este fue el holandés. Encabezados por el funesto cardenal Alfrink, los obispos holandeses dejaron un verdadero páramo en esa iglesia particular.

Pero también, casi a la par, avanzaban en esa dirección los obispos alemanes con su teología subversiva, cuyo mascarón de proa fue el jesuita Rahner, y, a diferencia de los holandeses, con un aspecto particular: se habían convertido, posiblemente, en la iglesia más rica del planeta.

La influencia de la iglesia alemana en el devenir de la Iglesia Católica en los últimos cincuenta años ha sido enorme y los obispos alemanes se han manejado con un acendrado criterio de independencia, en general, de lo dictado por Roma.

En la actualidad el episcopado alemán lidera notoriamente el ala liberal de la Iglesia, pese a haberse dado la situación de que Benedicto XVI, de origen alemán, no pertenecía a esa facción. Es más que sabido que los obispos alemanes conducidos por los cardenales Marx, Zollistchs y Kasper enfrentaron abiertamente al Papa Ratzinger. Actualmente, el ala ratzingeriana del episcopado alemán lo encabeza el cardenal Woelki, pero en clara minoría.

Los cardenales Brandmuller y Meisner, este último fallecido hace poco tiempo, ya retirados, han tenido influencia en los últimos años, pero más en el plano teórico que en los hechos.

Para entender, a grandes rasgos, la situación del episcopado alemán en su conjunto, conviene analizar dos aspectos separados pero que convergen y explican su actualidad.

El primer aspecto es que la clara posición rebelde de los obispos alemanes es una consecuencia natural de la formación del clero de los últimos cincuenta o sesenta años, en la cual todo ha girado alrededor de Rahner y sus discípulos. Por eso, no es de extrañar la postura de los obispos respecto a la moral matrimonial, las relaciones homosexuales, la comunión a los divorciados y en tantos otros aspectos. La pérdida de la identidad católica en beneficio de la protestantización es un rasgo notorio en la Iglesia alemana.

El segundo aspecto es el económico. El sistema impositivo alemán cuenta con el impuesto eclesiástico, alrededor del 8% adicional al total de impuestos que paga el contribuyente, que es quien opta por el destino final de ese adicional. Estamos hablando de miles de millones de euros. Así, por ejemplo, la Iglesia Católica, en el año 2015 recibió alrededor de seis mil millones de euros en concepto de ese tributo, aportado por, aproximadamente, el treinta por ciento de la población.

¿Cómo confluyen actualmente estos dos aspectos en la situación de la Iglesia alemana?

La teología modernista, enseñada desde hace décadas por el clero alemán, sin la anuencia vaticana, pero llevada adelante por gran parte de los obispos ha hecho mella en el católico alemán de a pie. Si las relaciones prematrimoniales y homosexuales ya no son un problema, si la moral matrimonial ya no es todo lo “rígida” como se creía antes, si Cristo no está realmente presente en la Eucaristía, si la misa tiene muy poco de diferente con las ceremonias de los protestantes, ¿para qué pertenecer a una Iglesia que todavía, formalmente, no autoriza lo que de hecho se vive en gran parte de las parroquias alemanas? ¿Por qué someterse a reglas en las que ya no creen ni los sacerdotes? Si todas las religiones tienen el mismo valor, ¿por qué seguir perteneciendo a la Iglesia Católica?

Así, en este contexto, es que la Iglesia alemana va perdiendo de a centenares de miles de fieles. Y los obispos dejan de recaudar.

Pueden impresionar las cifras que anualmente reciben los obispos, pero la realidad es que eso se debe más a la fortaleza de la economía alemana que es quien maquilla, de alguna manera, la verdadera sangría de católicos en Alemania.

Estos son los dos puntos que preocupan, hoy por hoy, a los purpurados germanos: que no logran que el Vaticano apruebe sus reformas pavorosas y que la pérdida de fieles les significa pérdida de dinero.

Para que quede bien claro el tema de la pérdida de dinero, hay que saber que las disposiciones canónicas en Alemania contemplan la excomunión de quien no pague el impuesto eclesiástico. Esa es la perversa situación que se vive, el progresismo alemán puede soportar cualquier herejía o apostasía pero no que se deje de pagar el tributo eclesiástico.

En orden a solucionar, de alguna forma, estos dos problemas es que el episcopado alemán anunció, en marzo de este año, a través del inefable cardenal Marx, la realización de un sínodo vinculante a realizarse en el mes de septiembre, también de este año. Los temas son como podríamos imaginarnos: autoridad, participación y separación de poderes; moralidad sexual, la forma de vida sacerdotal y mujeres en ministerios y oficios de la Iglesia. Y comenzaron con sus preparativos sin la venia de Roma, como han venido manejándose desde hace mucho tiempo. Notemos que el sínodo se declara vinculante, es decir obligatorio en cuanto al cumplimiento de sus disposiciones. Y si bien los obispos alemanes quieren hacer creer que es solo vinculante para la iglesia alemana, a nadie escapa que estará marcando el rumbo a la iglesia universal.

Y aquí, según mi criterio, los alemanes cometen un error de apreciación. Si algo no permitirá Francisco es que alguien le marque la agenda, los ritmos de su pontificado.

Podemos advertir tres diferencias muy importantes entre el episcopado alemán y Francisco, partiendo de la base de que estamos hablando, siempre, de visiones modernistas de la iglesia en los dos casos.

La primera diferencia es con respecto a la profundidad de las reformas. Los obispos alemanes, creo yo, son mucho más avanzados en su progresía que el Papa. Tomemos como ejemplo que el Papa ha clausurado la posibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres y para los alemanes eso es todavía posible.

La segunda diferencia es respecto a la velocidad de las reformas. Si bien Francisco no se detiene, los tiempos de él son más serenos, si cabe el término, que los tiempos alocados que pretenden los alemanes.

Y la tercera diferencia la encontramos en el método. Francisco quiere dejar como herencia sus reformas, pero que estén bien atadas, que sean, como él ha dicho, “irreversibles”.  En contraposición, la iglesia alemana es más, podríamos decir, “desbocada”; hacen, avasallan con los hechos consumados y después con tiempo y con la influencia de sus teólogos y su poder dentro de la Iglesia lograrán que, como poco, den dos pasos adelante y uno atrás.

Al anuncio de Marx respecto del sínodo vinculante el Papa le salió al cruce con una larga carta: “Al pueblo de Dios que peregrina en Alemania”.  En ella, el Papa, en los puntos 3 y 4, habla de “procesos”, “maduración”, “caminar juntos”, etc. Lo que el Papa les estaba diciendo a los obispos, en porteño actual, es “no se les ocurra cortarse solos”.

“Esto no es sinónimo de no caminar, avanzar, cambiar e inclusive no debatir y discrepar, sino es simplemente la consecuencia de sabernos constitutivamente parte de un cuerpo más grande que nos reclama, espera y necesita y que también nosotros reclamamos, esperamos y necesitamos. Es el gusto de sentirnos parte del santo y paciente Pueblo fiel de Dios”. No les dice que hay verdades inmutables que no se pueden cambiar. Les dice que son parte de algo mayor.

A esta advertencia el episcopado alemán hizo caso omiso y en agosto aprueba los estatutos para la asamblea sinodal que se efectuará del 23 al 26 de setiembre.

En un nuevo round, hace poco más de una semana, el Vaticano, a través del cardenal Oullet, advierte a los alemanes de los impedimentos canónicos de los estatutos del pretendido sínodo ya que este tipo de asamblea no tiene capacidad de obligar en materias que afecten a la iglesia universal.

El episcopado alemán, a través del Cardenal Marx, sintió el golpe y se apresuró a asegurar que el informe sobre el que se basa el dictamen de Oullet fue hecho sobre un borrador que ya no tiene vigencia y que ya han corregido gran parte de ese escrito. Marx aseguró que se reuniría en breve con Oullet.

Creíamos, todos, que este compás de espera encausaría, en algo, esta situación que, con seguridad, Francisco no esperaba de los alemanes, de sus amigos Marx y Kasper.

Pero hoy, en el blog de La Cigüeña de la Torre, nos enteramos que los alemanes no están dispuestos a variar sus intenciones.

La pelota está ahora del lado de Francisco. En su pontificado nadie, con tanto poder, se ha animado a cuestionar de manera tan abierta su autoridad. Y eso, para este Papa, es lo más grave que puede ocurrirle. No lo conmueve tanto que alguien cuestione la doctrina de la iglesia, que vaya contra la Tradición o que ponga en el tapete sus dudas dogmáticas como que quieran dinamitar su potestad.

Habrá que ver si los obispos alemanes persisten hasta el final en sus intenciones. La prepotencia con que habitualmente se han manejado hace presagiar que sí lo harán.

Visto como se ha manejado el Papa a lo largo de toda su vida, este conflicto, como quiera que sea que se resuelva, no será olvidado por Francisco y, a su tiempo, cobrará lo que tenga que cobrar a quien sea.

Los obispos alemanes están metidos en un gran problema.

Y el Papa también.

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