La Punta de Infantería

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Hasta hace no mucho tiempo la forma en que se movía en el campo de batalla una columna militar, en general, preveía que el grueso de esa columna se encontrara en el centro del dispositivo y el avance de toda la tropa se viera asegurado por la acción de la vanguardia, que a su vez destacaba hacia adelante un grupo menor que se distanciaba más todavía y que debía asegurar el movimiento.

Ese grupo menor, muy activo, debía alertar con tiempo sobre posibles peligros, asegurar los lugares de paso y, de ser necesario, entrar en combate con el enemigo para dar tiempo y espacio para que el grueso de la columna pudiera desplegar o tomara los recaudos necesarios para no verse afectado por la acción enemiga. Si algo caracterizaba a esta tropa reducida era la agresividad con que cumplía su misión y el desgaste que esa actividad producía; por ello, luego de un determinado tiempo, era relevada en sus funciones por otro grupo, de idéntica conformación y, también, con idéntica misión a la que tenía el grupo relevado.

Ese grupo reducido, cuya composición y equipamiento variaba de acuerdo a cada situación, se llamaba Punta de Infantería.

Luego del Concilio de Trento, quienes asumieron esa función de vanguardia y hasta de punta de infantería, en la Iglesia Católica, dada la modalidad de su acción, fueron los integrantes de la Compañía de Jesús de San Ignacio de Loyola.

Pese a haber sido educado con los Hermanos de La Salle, siempre he admirado la acción y la calidad de los jesuitas que a lo largo de varios siglos tanta gloria han dado a Dios con su obra.

Fueron ellos los que a partir del Siglo XVI asumieron las más grandes responsabilidades en el campo de la educación, la apologética, las ciencias y en las misiones de la Iglesia y con enormes réditos para ella y para la propia congregación.

San Francisco de Borja, San Pedro Claver, San Juan Berchmans, San Pedro Canisio, San Francisco Javier, San Francisco de Jerónimo, San Francisco de Regis, San Felipe Evans, San Juan de Brito y la infinidad de beatos mártires, hablan por sí solos de la grandeza de su obra.

Cada nueva amenaza que surgía para la Barca de Pedro era enfrentada por los discípulos de San Ignacio.

Ante cada nueva posibilidad de difundir el Evangelio en tierras lejanas, inhóspitas y peligrosas, allí marchaban ellos con su empuje, coraje y sabiduría.

Existía y existió en ellos ese espíritu sobrenatural que los impelía a actuar, sin contar los riesgos y con la santa idea de hacer llegar la Verdad a todos los rincones del mundo.

Existía y existió.

Hoy ya no existe, al menos en el grueso de ellos, en sus principales jerarquías o en sus miembros más conocidos.

Fijémonos en estos tres ejemplos que sobran como muestra.

El actual superior general, el venezolano Arturo Sosa, el del bigote mundano y su habitual camisa a cuadros, sostiene que no se puede conocer la Verdad porque en la época de Jesús no había grabadoras. Y en otra entrevista, que se puede leer AQUÍ, nos da la certeza de que estamos ante un sujeto heterodoxo, charlatán y próximo a la herejía. Este es el personaje que sus propios pares eligieron para conducir la congregación que, todavía, es la más numerosa de la iglesia.

El segundo ejemplo es otro jerarca de la Compañía. Se trata de un tal Rafael Velasco, seleccionado por el anterior, Arturo Sosa, para desempeñarse como Provincial de Argentina y Uruguay, cuyos desatinos y herejías, que pueden leerse AQUÍ, lo ponen al borde de la apostasía.

Y por último tenemos al archiconocido sacerdote norteamericano James Martin, que no solo se proclama como el apóstol de los homosexuales, sino que nos quiere hacer creer que es beneficioso que aceptemos y convivamos con esa perversión. También felicita y promociona a una organización que se dedica a la normalización y transexualidad de los niños. Él, Martin, festeja que el “mundo”, el peor de los mundos, lo celebre y promocione como un sacerdote de avanzada.

No es el objeto de este escrito el describir cómo una congregación, que supo rebasar el número de cuarenta mil miembros y que hoy se encuentra en el orden de los dieciséis mil, ha llegado a este estado de corrupción y disolución. Más bien el objeto es llamar la atención, con dolor, del estado en que se encuentra la vieja Vanguardia católica, la que debía protegernos y alertarnos sobre los diversos peligros que nos asechan. No interesa aquí si todo comenzó antes de Pío XII, con el tsunami post Concilio o con Arrupe.

La vieja Vanguardia católica está en extinción. Con solo leer, AQUÍ y AQUÍ, estas notas de la Cigüeña de la Torre, donde un ex alumno, que todavía ama lo que recibió de los viejos jesuitas, describe la situación actual, ya a nadie le quedan dudas sobre el futuro que les espera.

Si el promedio de edad está próximo a los ochenta años y casi no hay ingresos, la conclusión decanta sola. Porque, claro, ¿qué ejemplo pueden encontrar los jóvenes en quienes han abandonado la lucha y han dado la espalda a la verdadera Fe?

Ahí están quienes heredando un pasado pletórico de santidad no han sabido estar a la altura de ello. Es como quien hereda una gran fortuna y la despilfarra hasta llegar a vivir en la peor de las miserias.

Pero quizá lo peor de todo es que esos cuasi geriátricos en que se han convertido las comunidades jesuitas, albergan a quienes no solo son responsables, unos más, otros menos, del hundimiento de su congregación, sino que no admiten ni se duelen de esta situación. No es que vean el estropicio y se propongan modificar las causas. No, persisten en el error y hasta pareciera que se sienten felices con la situación.

La Compañía de Jesús no merecía un final tan triste.

Solo un milagro puede torcer lo que asoma como una desaparición ignominiosa, mezcla de desidia y apostasía.

La vieja Punta de Infantería está desgastada, vencida, perdida en el campo de batalla y con signos evidentes de que abandonó su cometido original, que no responde a Quien le encomendara una misión tan importante, y que se está pasando con armas y bagajes al enemigo.

Las comunidades jesuíticas son ahora tierra de misión. Ahora hay que evangelizarlos a ellos. Como hacen los verdaderos soldados, habrá que ir al rescate de los camaradas que se encuentran en peligro, porque han desertado. Esa quizá podría ser una inmensa obra de caridad: rescatarlos. A ellos y a sus almas, no a su congregación, que ya ha entrado en su casi definitiva decadencia.

En cuanto al reemplazo de la Punta de Infantería, ya se ocupará de ello el Gran Capitán.

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