La Misión

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Recuerdo que cuando tenía entre doce y catorce años, mi padre solía llegar a casa, cada tanto, con una media docena de novelas de aventuras. Los escritores excluyentes eran Salgari y Julio Verne.
Estas novelas eran especialmente atractivas, entre otras cosas porque, durante la hora de la siesta, en que no debía volar una mosca que perturbara el sueño de los mayores, los más chicos nos instalábamos en la galería a leer y alcanzábamos un doble objetivo: entretenernos y no molestar a quienes dormían.
Una de las condiciones que ponía mi padre era que la lectura tenía que ir acompañada por un Atlas o Mapamundi para que realmente siguiéramos el hilo de la novela en los lugares e itinerarios que el autor describía.
Ese mismo consejo, el de tener a mano, ahora en el siglo XXI, el Google Maps, es el que le doy al lector de este artículo. Lo que más abajo se reproduce es la travesía inicial de un misionero católico, para llegar a lugares inhóspitos e inimaginables para quienes vivimos una vida de tanta molicie.
Al leer una crónica como la que reproducimos más abajo, uno siente un poco de indignidad por uno mismo. El desprendimiento, la disposición para el sacrificio, el sentido sobrenatural de la vida y del servicio a otras almas, la obediencia a los superiores y la alegría que transmite este escrito, hace que los cristianos tibios, como somos la mayoría, sintamos asombro y admiración por quienes son capaces de tanto por la mayor gloria de Dios.

 

“Este proyecto de misión en las Islas Salomón llegó durante el Capítulo General de nuestro Instituto en junio del 2016. Tuve la gracia de conocer este proyecto y ser invitado para empezar esta nueva fundación, en octubre de ese mismo año. Si bien la fundación se comprometió aproximadamente a fines del mes de mayo de 2017, yo todavía tenía que terminar con mis responsabilidades en la diócesis de Haarlem, al norte de Holanda, de modo que hasta noviembre de 2017, después de dos años y tres meses de estar en la misión en la ciudad de Alkmaar, junto a los PP Diego Pildain y Tristán Pérez, concluidas mis obligaciones y habiendo obtenido los documentos necesarios, pude emprender el viaje hacia mi nuevo destino.

Antes de comenzar con los relatos sobre la fundación, quisiera aprovechar para dar gracias de manera especial a nuestro Obispo en el norte de Holanda, Monseñor Joseph Punt, y al Obispo Auxiliar, Monseñor Johannes Hendricks, con quien cultivé una amistad sacerdotal muy buena. Ambos han tenido siempre la caridad exquisita de atendernos y apoyarnos en toda nuestra tarea pastoral, en un país muy laico y liberal, necesitado de volver a la fuente de la verdad del Evangelio.

Mientras organizaba mis asuntos en Holanda, empecé la comunicación vía e-mail con Monseñor Luciano Capelli, SDB, Obispo de la diócesis de Gizo, en el suroeste de las Islas Salomón, quien me fue orientando con respecto a los trámites de visa de viaje, que no resultaron muy sencillos. Pero lo más sorprendente fue que en cada oficina, además del tiempo, gastos, viajes, etc., los mismos holandeses se mostraban muy sorprendidos ante mi solicitud de visa para un lugar tan lejano. Con mucha admiración me cuestionaban; “¿cómo? ¿Islas Salomón?…¿pero dónde quedan esas islas?” o “jamás tuvimos a nadie que venga a hacer los trámites para irse allá, tan lejos…” o “¿no te gustó Holanda?” “¿estás seguro de lo que hacés renunciando a tu nueva dirección en Holanda, posibilidad de hacer la nacionalidad holandesa, etc., etc., y etc…?”

Si estos fueron los cuestionamientos de quienes no me conocían y que solo recibían mis documentos, ¡se imaginan lo que esto significó para mis conocidos y amigos! Me hicieron cuestionamientos válidos, buenos y lindos, pero demasiado humanos, referidos a mis conocimientos de la lengua, el hecho de estar ya finalmente registrado en la diócesis y en el Estado holandés (lo cual es particularmente difícil de obtener), al bienestar del país, etc., etc., etc.

Sin embargo, por gracia de Dios, desde que me convertí en religioso misionero no he tenido excusas para irme o pedir una misión selecta. Quiero recordar aquí lo que mi abuelita, Carlota Quisver, me dijo desde que me fui desde mi ciudad, Palpalá (Jujuy), a los 17 años. En enero de 1981, al momento de mi partida, ella estaba muy enferma y no volví a verla nunca más, pero sus palabras me quedaron grabadas y con esta enseñanza me fui siempre a las misiones. Me solía decir…”A Dios rogando y con el mazo dando”.

En diciembre de 1981 conocí a los Padres Lojoya y Buela y al año siguiente escuché por primera vez hablar sobre el proyecto de fundación de nuestro querido IVE; yo tenía 18 años. Dos años más tarde fundaríamos la Congregación y allí también escucharía aquella frase de mi abuela: “a Dios rogando y con el mazo dando”, y así fue desde el primer día, cuando íbamos a abrir los primeros centros de apostolado en San Rafael; en El Nihuil, junto a Marcelo Morsella; en la Costa Brava (hoy centro espiritual Nuestra Señora del Carmen); en El Usillal; en Las Vertientes; en Suter; en El Toledano; en el Barrio Laredo (a propósito, considero una gracia muy grande el haber comenzado el apostolado en este barrio, visitando las casas, trabajando con el seminario menor e iniciando, junto al P. Lucio Flores, la hoy tan popular procesión de San Cayetano). Dicho sea de paso, también tuve la gracia de haber hecho el primer apostolado del Instituto en la Villa 25 de Mayo, en Capitán Montoya, la primera Misión Popular en Matará (Santiago del Estero) y también la primera misión popular fuera del país, en Limatambo (Perú), en 1987.

Al hacer esta mirada retrospectiva, puedo decir con toda sinceridad que siempre se nos ha pedido de modo caritativo y evangélico el ir a misionar. Y es por eso que, con esta máxima, es que fue, es y será muy eficaz todo mandato misionero y al mismo tiempo será un modo de conocer el espíritu de ir adonde Dios nos pide: “Por Caridad se nos pidió y por Caridad lo hemos aceptado y puesto en obra”, por eso dimos y daremos muchos frutos con la Gracia de Dios y la Madre del Verbo Encarnado. Y porque tenemos fe en que, si nuestros superiores vieron que era bueno y necesario hacerlo, ésta es entonces la voluntad de Dios para nosotros, por lo cual vale la pena gastarse y desgastarse.

Es por esto que jamás en mi vida consideré “una pérdida de tiempo”, ni mucho menos “haber sido usado”, como me dijeron algunos, cuando me fui de misión por diez años a África en el año 2000, luego de haber concluido mis estudios de licenciatura en Roma.

Efectivamente, estuve ocho años en Sudán (durante la guerra) y dos años en el desierto caliente del norte de Kenia, cerca de Etiopía. Todavía recuerdo que cuando viajé a mi primera misión “ad gentes”, Sudán estaba sufriendo una terrible guerra entre el norte y el sur del país, a la que sucedió una guerra civil, en la cual corríamos peligro de perder la vida. Sin embargo los 950 bautismos que pude administrar, por gracia de Dios, en esos diez años, hablan por sí solos y responden a todos esos cuestionamientos fríos y calculadores.

“¿Para qué irse tan lejos?… ¿por qué no van ellos?… basta de lugares difíciles, eso es una utopía inventada, ¿qué es eso de llamar a algunos lugares como emblemáticos?… ¿por qué te mandan a vos?… y a veces solo… etc.”

Siempre tengo presente la respuesta de los Apóstoles ante la invitación de Nuestro Señor a “navegar mar adentro” o cuando dijo que: “el que pone las manos en el arado y mira hacia atrás no es digno del Reino de los Cielos”. Recuerdo que esto también le gustaba repetir al P. Lojoya, y especialmente lo dijo el día de San José, un 19 de marzo de 1984, antes de que viajásemos a San Rafael para la fundación de nuestro querido Instituto. Lo escuché, además, decirle a un buen sacerdote que se iba a la Cartuja: “recordá querido que el que desenvaina la espada no la vuelve a enfundar hasta después de acabar la batalla”…¿será esto utopía?

En diciembre de 2017 visité San Rafael y tuve la gracia de concelebrar en las Ordenaciones y de encontrarme con muchos misioneros. Desde allí me fui a mi querido Jujuy, para despedirme y regresar al Norte de Holanda y luego a mi nuevo destino.

Regresé a Holanda el 12 de diciembre de 2017, en compañía de mis primos y de mi sobrina, para hacer con ellos una peregrinación a Roma y a otros lugares. He tenido la gracia inmensa de rezar ante la tumba de San Juan Pablo II y pedirle a él y al Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, que me acompañen en la nueva aventura misionera que inmerecidamente se me confía fundar.

Las Islas Salomón. Ubicadas en el Océano Pacífico, son muy conocidas por la Historia de la “Guerra de Guadalcanal”, en la Segunda Guerra mundial. Desde el Norte de Holanda me esperaban 42 hs de viaje, incluyendo esperas y envío de equipaje en cada aeropuerto, con la consabida paga de sobrepeso, conexión de vuelos, etc. etc.

El itinerario fue el siguiente: Amsterdam (Holanda), Jakarta (Indonesia), Singapur…En Singapur de nuevo todo el trajín de las maletas, la espera y pago de sobrepeso…allí me acordé de San Francisco Javier y del consejo de Nuestro Señor, de no llevar nada para el camino…y empecé con todo el dolor del alma a despojarme en el camino de algunos preciosos bienes que traía arrastrando desde que estudié en Roma ¡y que tuve conmigo diez años en la valija en África!

Desde Singapur hasta Port Mosbery (Papúa Nueva Guinea), desde allí hasta Honiara, capital de las islas Salomón. Debido a los cambios de horarios, tuve que dormir dos noches volando en dos aviones…Cuando aterricé en Honiara el 5 de enero…realmente, este Coya no sabía, ni tenía idea de cómo y a dónde había llegado…y todavía me faltaba llegar a la isla de Gizo, a donde recién llegué el 9 de enero (desde Honiara a la Isla de Gizo hay dos horas en avión, aunque se puede hacer también en bote, lo cual implica 24 horas en medio del océano…).

Una vez más me esperaban las sorpresas, pues al llegar a mi destino, me encontré con que todavía tenía que navegar MAR ADENTRO unas 5 horas más o volar en avioneta para dos personas durante 40 minutos, para llegar a las islas de Guagina o Wuagina, que se encuentran cerca de la Isla larga de Choiseul…A esta isla, que es ahora toda nuestra para evangelizarla, se la ve desde el aire como una hojita de árbol flotando en un gran lago. Llegué por fin a mi destino el 13 de enero. Total: 10 días y en 6 aviones, ¡creer o reventar!

Muy queridos padres, seminaristas, hermanas, familias de la Tercera Orden y demás amigos: va para ustedes esta introducción de la nueva fundación en medio del Océano Pacífico, en las Islas Salomón, en la diócesis de Gizo, la Misión de Guagina en la provincia de Choiseul. Les informo que estoy en medio de un grupo de inmigrantes KIRIBAS, de la isla Kiribati (para mi sorpresa los kiribas tienen mucho parecido con los jujeños, ¡si!) Ellos son los que fundaron en esta Isla, en medio del océano. Viven aislados de todo y de todos, por lo tanto deberé aprender dos lenguas, el Pidyin y el Kiribas, el inglés se usa muy poco.

Dejo para el próximo capítulo de esta crónica la llegada a Honiara, el encuentro con el actual arzobispo de Honiara, con el arzobispo emérito y la misión salesiana de Tetere que me dio hospedaje antes de seguir vuelo a Gizo. También prometo contarles el último tramo en avioneta de Gizo a Wuagina, como copiloto del Obispo Mons. Capelli…hasta cierto punto en que, para sorpresa del obispo, yo mismo piloteé durante 20 minutos para llegar a la misión misma desde donde escribo esta crónica.

En Jesús y María, Madre del Verbo Encarnado, un saludo grande a todos desde las Islas Salomón, que tanta necesidad tienen de aventureros por Dios y su Santa Madre.

Desde los miles y miles de islas del Pacífico Azul”.

P. Rubén Ángel Quisver, IVE.

Fuente: revista Ave María.

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