Un lugar para Él

El Adviento va llegando a su fin. Tiempo de allanar caminos, enderezar sendas y rellenar barrancos (Lucas, 3, 2-6), para facilitar el advenimiento de Jesús a nuestras almas. Trabajos para hacerle el lugar que no tuvo cuando vino al mundo hace algo más de dos milenios.

Este tiempo de penitencia y preparación es el tiempo de San Juan Bautista, el precursor, el más grande hombre nacido de mujer, que con su reciedumbre y frontalidad nos invita a arrancar toda malicia, todo vestigio de pecado que haga que nuestro corazón sea un lugar más digno que un pesebre.

Hoy, como hace dos mil años, la Sagrada Familia no tiene lugar en el mundo. San Lucas en su Evangelio, y lo enfatiza el RP Fuentes, IVE, en su comentario a este pasaje, estampa uno de las frases más tremendas de la historia: “no había lugar para ellos”. Y sigue siendo así, en el mundo no hay lugar para ellos.

Pero Jesús sigue viniendo, “con su gracia y su misericordia, para sus santos y sus elegidos” (Sab, 4, 15)

El Adviento es el tiempo de preparar un lugar para que nazca el Salvador. Un lugar propio, nuestro, íntimo. Un lugar que sea lo más adecuado posible para su dignidad, dentro de nuestra miseria y pobreza que solo podrá disimular el amor con que lo recibamos.

De eso se trató el adviento que termina, de poner la casa en condiciones, de recibir en nuestra pobre morada al Rey de Reyes que sabrá acomodarse a nuestra modestia.

Por eso es que escuchamos, año a año, en los sermones de Navidad el pedido de que Jesús nazca en nuestros corazones.

¿Por qué en nuestros corazones?

En el corazón reside doblemente el querer; querer como acto de la voluntad, como predisposición para obtener o hacer algo, y querer en el sentido de amar, de buscar el bien del amado.

Es la voluntad la que nos rige y la que nos endereza, o no, a Dios. Por eso nos dirá San Juan de la Cruz: “No hubiéramos hecho nada en purgar el entendimiento para fundarle en la virtud de la fe, y a la memoria de su esperanza, si no purgáramos también la voluntad acerca de la tercera virtud que es la caridad”

Por eso podemos creer que el adviento es un período de purgación de la voluntad. Allí estriba su valor; purga y purifica la voluntad, como señora del alma, y la prepara, con penitencias y trabajos espirituales para recibir a su Amado.

Y es en esas cuatro semanas de silencio, de profundo e íntimo silencio, en que el alma se va deshaciendo de “todo lo que no es Dios” (San Juan de la Cruz). Por eso, quien dedica su vida a la contemplación corta en esos días toda comunicación con el exterior, corta toda comunicación con “lo que no es Dios”. Y en ese tiempo el alma sigue a San Juan Bautista: allana los caminos del Señor. Y Dios, en esos tiempos de silencio y de introspección solo nos pedirá una cosa: que le dejemos hacer a Él, solo nos pide que lo dejemos trabajar a Él en nuestra alma. Por eso escribirá Santa Edith Stein en su Ciencia de la Cruz: “todo cuanto pueda decirse acerca de la información de esta potencia (la voluntad) por el amor de Dios está expresado perfectamente en las palabras del Deuteronomio: amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza (Deut 6,5)”

Y en el silencio de esta relación Dios – alma, es cuando se nos muestra la realidad. ¿Cómo es que yo, con un corazón que ha pecado tantas veces, que ha sido infiel a ese Amor tantas  veces, que lo he despreciado, que lo he rechazado tanto, es que sigo siendo amado por Él?

¿Cómo es que Él se sigue ofreciendo todos los días, por mí, en la Eucaristía? ¿Cómo es que sigo vivo y con Esperanza cuando tantas veces “el infierno merecí y el cielo perdí”? ¿Cómo es que ese Sagrado Corazón me sigue suplicando que lo ame?

Y ahora lo único que me pide es un lugarcito en mi corazón, para nacer de nuevo. Para nacer de nuevo para mí.

Ese niño que está al nacer viene a mi corazón, viene a mi voluntad, para transformarlo todo porque Él “renueva todas las cosas”.

“Cuando la voluntad, nos sigue diciendo San Juan de la Cruz, endereza todas las pasiones y potencias a Dios, y las desvía de todo lo que no es Dios, entonces guarda la fortaleza del alma para Dios, y esta le ama con toda su fuerza”.

Cristo pasa, otra vez, en esta Navidad que llega. Y, otra vez, como hace dos mil años, nos ofrece la infinita misericordia de su Corazón para amarnos, para que le amemos y, por amor a Él, amemos a nuestros hermanos como a nosotros mismos.

No lo dejemos pasar de nuevo.

Recordemos aquellas palabras del Sagrado Corazón a Santa Margarita María: “Ten mucho cuidado de no permitir que se extinga jamás esta lámpara (su corazón), pues si una vez se apaga, no volverás a tener fuego para encenderla. No tengas falso temor, pero tampoco vana presunción”.

Tomemos a este Divino Niño en nuestros brazos y digamos como en el Cantar de los Cantares: “lo así para no soltarle”.

¡Feliz Navidad!

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