In Memoriam

En el día de ayer fueron inhumados, previa misa de cuerpo presente en la Basílica de San Pedro,  los restos mortales del Cardenal Ángelo Sodano, quien falleciera el viernes pasado en Roma.

Su trayectoria, con eminentes servicios a la Iglesia, cobra mayor notoriedad por cuanto ha sido el más cercano colaborador del Santo Papa Juan Pablo II durante dieciséis años.

Previo a ese período, el Cardenal Sodano había sido llamado, cuando todavía era sólo un destacado sacerdote con sus títulos en teología y derecho canónico, por el cardenal Angelo dell’Acqua a prestar servicios en el Vaticano. Promediando la década de mil novecientos setenta es que conoce al entonces Cardenal Wojtila, por cuanto Sodano tenía como una de sus principales misiones la de proponer los nombramientos de los obispos para los países de Europa del Este y el Cardenal Wojtila era, posiblemente, quien más conocía sobre ese tema.

Posteriormente es enviado a diversas nunciaturas, recordándoselo sobre todo en Chile, donde debió cumplir funciones durante el gobierno del General Pinochet y en medio de la embestida tercermundista liderada por el Cardenal Silva Henríquez. En esa nunciatura es que Ángelo Sodano sobresale por su delicada labor para manejar las relaciones de la Iglesia con Pinochet y enfrentar la infiltración marxista en esa iglesia particular. Asimismo es recordado por su brillante  intervención como auxiliar del Cardenal Samoré en el recordado litigio del canal de Beagle y por el sereno y juicioso manejo que hiciera ante la inédita situación de la irrupción de cuatro guerrilleros del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) en la nunciatura vaticana en búsqueda de asilo y su irreductible posición de concederlo, ante la fuerte presión en contrario del gobierno chileno.

En abril de mil novecientos ochenta y siete es que vuelve a reencontrarse con el ya Papa Juan Pablo II con motivo de la visita de éste a Chile.

Al año siguiente Juan Pablo II lo convoca al Vaticano con destino a la Secretaría de Estado, encargado de las relaciones con los Estados.

Ya en la Secretaría de Estado, uno de sus primeros grandes servicios que prestó a la Iglesia fue preparar los concordatos y las relaciones que iban a surgir con las repúblicas que, casi como en cascada, se iban independizando del yugo soviético. El Vaticano era uno de los primeros estados que iba reconociendo a los nuevos gobiernos independentistas y con ello, no solo reforzaba y apoyaba la nueva situación, sino que le permitía, al Vaticano, establecer relaciones, firmar concordatos y entrar, sin demora, con sus misioneros y su jerarquía a trabajar en la expansión del catolicismo. Todo ese trabajo apostólico, político, diplomático y legal, fue una obra monumental llevada a cabo por un equipo conducido por el Cardenal Sodano, siempre atento a las directivas del Papa Wojtila.

Para Sodano, la diplomacia, de la que era experto, era, principalmente, una herramienta para la evangelización de los pueblos.

San Juan Pablo II le confió la Secretaría de Estado en junio de 1991, recayendo sobre el Cardenal Sodano la responsabilidad en la asesoría y la asistencia al Papa santo para los grandes problemas de la Iglesia durante casi una década y media.

En el año 2002, al cumplir setenta y cinco años, el Cardenal Sodano presentó su renuncia a Juan Pablo II, quien en una carta muy afectuosa, y que es pública, le pide que no renuncie a la Secretaría de Estado y que “no privara al Papa de sus dotes no comunes” para ayudarlo en el gobierno de la Iglesia.

Posteriormente, el Papa Benedicto XVI, de quien también fue gran amigo, lo mantiene en la Secretaría de Estado por un año y medio más.

No faltaron, a lo largo del tiempo en que cumplió distintas funciones, ataques, difamaciones y calumnias a su persona y a su accionar; arreciando estos ataques durante el pontificado del Papa polaco.

Muchas veces los ataques hacia él, eran, en realidad, ataques dirigidos al mismo Papa en la persona de Sodano.

Ataques sin sustento, incomprobables, sin fundamento, como el querer asociarlo a un sobrino suyo que había quedado involucrado en maniobras financieras desprolijas, sin ser condenado, en Estados Unidos y que nada tenían que ver con el Cardenal o aquella acusación de otro Cardenal, el austríaco Schonborn, que lo acusaba de obstaculizar la investigación sobre el arzobispo Groer y que terminó con el pedido de disculpas del mismo Schonborn delante de Benedicto XVI quien lo obligó  a hacerlo.

El hombre cultísimo, ejecutivo, con su cabeza formada en el tomismo, de una inteligencia y memoria prodigiosas, dinámico, ejecutivo, mano derecha del gran Papa Juan Pablo II, demoledor del comunismo, era, en el trato cotidiano, un hombre sencillo, bondadoso, generoso, y con una vida de piedad rayana en lo infantil. Llueven en estos días testimonios de su caridad personal y de su figura sacerdotal.

En los últimos tiempos, el gran Cardenal Sodano había preparado su partida, con minuciosidad, para presentarse en la casa del Padre.

Una vida entera dedicada a dar gloria a Dios y a la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.

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