El Puente

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Conmemórase hoy, Jueves Santo, en toda la Iglesia, la institución del sacerdocio, según lo quiso Nuestro Señor Jesucristo.

Podríamos ahondar en tantos aspectos, naturales y sobrenaturales, de este hecho, que la vida no nos alcanzaría para alcanzar la profundidad de este misterio.

Hombres comunes, sin ningún mérito específico, sin nada estrictamente propio que los diferencie de los demás, son elegidos por Dios para transformarse en alter Christus, capaces de renovar, incruentamente, el sacrificio del Gólgota y de perdonar los pecados al resto de los mortales.

Ese podría ser un aspecto. ¿Por qué ellos y no otros? Este es un misterio que no creo que tenga respuesta adecuada ni para los teólogos y menos para la muy limitada persona que esto escribe.

Pero si hay algo que siempre llamó mi atención sobre estos hombres privilegiados por el amor de Dios al haberlos preferido de entre todos para perpetuar el sacrificio de su Hijo, es el hecho de ser puentes, puentes entre el Amor Infinito y sus creaturas.

Un puente une, ayuda a sortear obstáculos que sin él serían insalvables, es parte de un camino seguro, es esperanza para quien creía que no podría seguir avanzando, resiste el peso de quien lo emplea y está siempre disponible para quien quiera aprovecharlo.

Los seres humanos se relacionan por lazos de distinta naturaleza. Puede ser por relaciones comerciales, de trabajo, de divertimiento, por simples relaciones de amistad, de vecindad o, la relación humana más eminente, por amor. Tal es el caso de padres e hijos, de la unión matrimonial, etc.

Las relaciones comerciales se rompen a la primera desavenencia sobre interés y porcentaje. Las de divertimiento son generalmente efímeras y duran poco por su propia naturaleza. Y así todas las relaciones entre los hombres.

Si hay una relación humana más sólida y duradera es, normalmente, la de padres e hijos. Y en particular la de los hijos con su madre, porque el amor materno y el amor filial tienen una ligadura tan profunda que solo se entiende si lo hacemos desde la perspectiva del amor humano más desinteresado.

Pero así y todo, este amor, el que une a padres e hijos, tiene sus fisuras y sus muchas excepciones. Baste con que veamos cómo muchas madres matan a sus hijos con el aborto o a tantos ancianos abandonados en geriátricos y asilos sin volver a ver a sus hijos.

La única relación unitiva definitiva e indestructible es la del Dios del Amor con sus creaturas. Y ese amor invariable e inmutable se manifiesta por muchos canales. Pero la gracia santificante, la gracia salvífica, se hace presente a través de los sacramentos, como su canal ordinario, el que solo es administrado y dispensado por el sacramento del Orden. El sacerdote es así el puente que une la orilla del fango donde habita el hombre con la orilla de lo sobrenatural, el hábitat natural de la Divinidad.

En todo camino que se dirige a objetivos o metas de valor se encuentran obstáculos, muchos de los cuales podremos sortearlos o atravesarlos con nuestras solas fuerzas. Dependerá de la dificultad que el obstáculo presente de qué naturaleza o intensidad será el esfuerzo que debamos realizar para dejarlo atrás.

Pero en el camino de la salvación eterna, habrá vallas e impedimentos que con nuestras solas fuerzas no podremos superar. Habrá ocasiones en que el pecado, como ofensa formal y deliberada a Dios, creará una situación de ruptura unilateral de ese amor filial que solo se podrá reparar acudiendo al mismo Dios, para reestablecer esa comunión, a través del puente, es decir, del sacerdote, único medio para reconquistar la gracia perdida. Ese obstáculo, insalvable de otro modo, sólo se zanjará, sólo se removerá, otra vez, si acudimos al sacerdote que no es otro que el mismo Cristo que se nos podrá presentar, alto o bajo, rechoncho o enjuto, rubio o sin pelo, pero siempre disponible para el perdón y el consuelo necesarios.

Pero este puente sobrenatural que es el Sacramento del Orden también formará parte del camino seguro que todo viajero quiere tomar para evitar peligros y pérdidas de tiempo. No es solo que forme parte del camino seguro, es indispensable que exista ese puente porque la senda presenta tan graves y extremos peligros que si ese puente no existiera no habría posibilidad de llegar a destino, no habría camino seguro. El sacerdote es el camino seguro en la medida en que esté siempre en comunión con la Esposa de Cristo, con sus enseñanzas y con su tradición.

También el sacerdote es esperanza. Es esperanza para los desorientados, para quienes caminan en tinieblas, para quienes la voluntad, que no la inteligencia, les falla. Es el faro que aparece siempre y que, como un imán para la brújula, marca la dirección correcta. Hacia él se dirigen las ansiedades, dudas, desconciertos, tristezas, anhelos e ilusiones de quienes muchas veces desfallecientes o a punto de abandonar la marcha encuentran en esa luz motivo para reanudarla.

El puente, por supuesto, debe ser lo suficientemente robusto como para soportar el peso de quienes lo transitan. Así, el sacerdote no sólo absolverá, absorbiendo para sí el número y la naturaleza maligna de las diversas ofensas a Dios, sino que también dará esperanza, consolará, guiará, corregirá y un sinnúmero de acciones destinadas a que cada alma que confíe en él encuentre paz y renueve su relación amorosa con el Creador. Mientras tanto, deberá afrontar una lucha personal con el demonio, para ahuyentarlo e intentar clausurarle la entrada en cada pliegue de las almas que se le confían. Aunque no sea él quien ejecuta la acción, porque eso es responsabilidad de cada uno de nosotros, es él quien orienta y guía el combate para evitar nuevas caídas.

Por último, el puente está siempre disponible, las veinticuatro horas del día. A él acuden multitud de viajeros, sin respetar horarios, formas o circunstancias. Y el puente está listo siempre. Ya sea confesando, aconsejando, consolando, con una palabra de aliento, formando la inteligencia o los corazones o llegando con Jesús Sacramentado.

Dos palabras finales sobre la naturaleza del obstáculo que el puente permite salvar y sobre el mismo puente.

Debajo de él, del puente, corre el río nauseabundo y viciado de nuestros pecados, nuestras traiciones a Dios, nuestras pasiones y las tentaciones que no hemos sabido resistir. Sobre el hedor de ese líquido, sobre sus olas tumultuosas y presumidas se yergue el puente, nítido, definido y convocante.

Podríamos imaginarlo de hierro, cemento o, incluso, de madera fuerte y maciza.

Pero, mirado en detalle, con atención, vemos que el puente es de un material único; mezcla del barro humano y con materia sobrenatural que proporciona el Orden Sagrado. Sobre esos cimientos, indestructibles, del sacramento, se alza el puente. En ellos, en sus cimientos, radica su verdadera fortaleza; a tal punto es fuerte que aún roto, desvencijado, abandonado, lleno de telarañas o con las barandas peligrosamente flojas, sigue siendo instrumento de salvación, porque el puente, si quiere, seguirá perdonando los pecados y administrando las gracias salvíficas y trayendo a Jesús del cielo, a su sola voluntad, para que una y otra vez se entregue por nosotros.

Danos, Señor, muchos y santos sacerdotes.

2 comentarios sobre “El Puente

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  1. El puente es la imagen que usa Santa Catalina de Siena, inspirada por Dios, para describir la función de Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, primer Sacerdote de la Nueva Alianza.

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