Entre peste y peste

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Siempre hemos sabido que en las grandes pruebas es que se ven las verdaderas personalidades y el verdadero temple de cada alma. Así, sobran los ejemplos de quienes han pasado por una vida chata y hasta despreciable y han tenido muertes heroicas o meritorias. Y, por el contrario, hay quienes se han pasado la vida cacareando de mucho saber y han tenido fines indignos.

Pero no solamente en el plano individual es que se puede apreciar el verdadero valor ante situaciones críticas o límite. También se ven, con claridad, estas diferencias en instituciones u organismos colectivos.

Vayamos a la circunstancia actual que se vive a nivel mundial con el famoso coronavirus y detengámonos en cómo ha sido enfrentado por los distintos episcopados.

Mientras muchos obispos y/o episcopados han decidido suprimir las misas y recomendar recibir la comunión en la mano, otros, como el de Polonia o el de Ucrania, y en algunas diócesis de Estados Unidos, han decidido aumentar la frecuencia de las misas y hasta organizar procesiones rogando por el cese de la peste.

Son formas de enfrentar estas crisis; una, católica y la otra, mundana.

Sobre la comunión en la mano hay infinidad de artículos y estudios profundos y terminantes que la desaconsejan firmemente, y que demuestran que surgió y se propagó como una “moda” introducida por el progresismo con la finalidad de restar sacralidad a la eucaristía como centro y culmen de la vida cristiana.

Ahora, se vuelve a “sugerir” y aconsejar priorizar esta forma de recibir la Sagrada Eucaristía, como forma de evitar el contagio. Y, por supuesto, el episcopado argentino no iba a ser ajeno a esta forma de encarar esta circunstancia.

Al respecto, a la posibilidad de contagiarse por recibir la comunión en la boca, apunto tres comentarios.

El primero, lo que nos dice Santa Teresa de Jesús: “¿Pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este Santísimo Manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es”.

El segundo, vivencia personal. Con mi familia vivimos nueve años en la provincia de Misiones, al sur, donde la colonia de descendientes de ucranianos es numerosísima. Allí, a veces concurríamos a la iglesia ucraniana, cuyas misas tienen un rito distinto a la iglesia latina. La comunión, todos los días, incluso los domingos, con gran asistencia de fieles, se distribuye de un cáliz, con algo similar a una cucharita, con ambas especies, de la cual comulgan TODOS los fieles. Todos los fieles, reitero, comulgan de la misma “herramienta”, como puede verse AQUÍ. Nunca, en nueve años, me enteré que alguien se hubiera contagiado del más mínimo resfrío.

Y tercero, ¡qué difícil es creer que alguno contraerá algún mal al recibir dignamente la comunión eucarística!

Dan pena los sacerdotes que desde el presbiterio inducen a los fieles a temer el recibir la comunión de la forma más digna posible, de rodillas y en la boca.

Uno se pregunta si esos sacerdotes están dispuestos a asumir riesgos por las almas a su cuidado. Porque salta a la vista que el principal campo de combate para ellos, los sacerdotes, en estas circunstancias, está en los hospitales, en las salas de terapia intensiva, disputándole al demonio las miles de almas de las personas que han perecido y que, seguramente, perecerán en el futuro próximo. Ese es, ahora, su lugar. Centenares de almas que podrían ser salvadas a último momento por el sacramento de la confesión, que sólo está en sus manos dispensar. Al respecto, conviene leer la situación trágica en que mueren muchos pacientes y que relata la inefable Elisabetta Piqué.

Convendría, si el valor faltara, releer la vida de San Damián de Veuster o San Damián de Molokai.

Sobre el tema, el Obispo de Roma ha exhortado a los sacerdotes para que acompañen a los enfermos y les alcancen la Eucaristía. Quizá también fuera importante que él mismo lo haga.

Decía el querido y recordado Coronel Seineldín que el ejemplo personal no es una forma más de enseñar, sino que es la única. Con ese convencimiento es que, durante la guerra de Malvinas, en medio de los frecuentes e interminables bombardeos del enemigo, él mismo salía y recorría a pie las posiciones de su tropa, ignorando el peligro que corría, para animar a los suyos que veían a su jefe que no tenía miedo y que estaba dispuesto a correr riesgos por los suyos.

También vienen a la memoria de todos las recorridas de Pío XII por los barrios de Roma durante el bombardeo de los aliados a la capital italiana.

Cierro este artículo transcribiendo el inicio del testamento de un soldado cristiano que sirviera a órdenes de Carlos V y que luego participara de la batalla de Lepanto, para morir posteriormente en Buenos Aires, víctima de una de las tantas pestes que antaño se propagaban. Lo traigo como ejemplo de la forma en que un cristiano enfrenta lo que Dios dispone:

“En el nombre de Dios Todopoderoso que vive y reina sin comienzo ni fin. Sepan cuantos esta carta vieren cómo yo XXX, natural de Palermo, en el Reino de Sicilia, vecino de esta ciudad de la Trinidad, Puerto de Buenos Aires, estando enfermo en la cama de enfermedad grave, que Dios Nuestro Señor fue servido de mi dar y en mi juicio y temiéndome de la muerte que es cosa natural, deseando acudir a las cosas del descargo de mi conciencia y poner mi alma en carrera de salvación creyendo como firmemente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero y en todo aquello que cree y confiesa la Santa Madre Iglesia de Roma en cuya Fe y Creencia he vivido y protesto vivir y morir, recibiendo por mi intercesora y abogada a la serenísima y siempre Virgen María, Reina de los ángeles (y) Madre de Nuestro Señor Jesucristo, concebida sin mancha de pecado original y a todos los santos y santas de la Corte Celestial que rueguen por mí delante del acatamiento de Dios, hago y ordeno mi testamento en la forma siguiente…”.

2 comentarios sobre “Entre peste y peste

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