Cuando ellas ya no están

Monja espaldas 2

Recuerdo que hace varios años estábamos con dos o tres de mis hijos varones mirando por televisión una final de Wimbledon entre Federer y Nadal. El partido estaba finalizando y podía ser para cualquiera de los dos porque estaba muy disputado. Nosotros estábamos en silencio, como casi siempre que veíamos tenis entre dos extranjeros. Se jugaba el tie-break definitivo y era todo suspenso. En un momento dado, ingresó a la sala una de mis hijas y se sumó a los televidentes. Luego de unos instantes en que podríamos suponer que estuvo poniéndose en claro con lo que estábamos mirando, hizo una típica pregunta femenina:

-¿Federer es casado?

Todos los varones allí presentes dimos vuelta la cara y la miramos estupefactos.

¿A quién podría importarle eso en ese momento?

Por supuesto que los hermanos aprovecharon la oportunidad para someterla a todo tipo de burlas.

La burlada, ignorando por completo a sus hermanos, repitió la pregunta pero dirigida específicamente a mí.

La anécdota relatada no es más que un ejemplo del mecanismo que una hija sabe que resultará exitoso: recurrir al padre para salir airosa de una situación familiar, porque sabe, ya lo ha comprobado, que en el padre encontrará un aliado.

Los hombres, naturalmente, tenemos la tendencia a amar a nuestras hijas afectados por una mezcla de fascinación por la gracia femenina y por una presunta debilidad que vemos en ellas. Y se produce una especie de embelesamiento desde el primer instante en que las tomamos entre nuestros brazos y sentimos que la manita de la recién nacida aprisiona uno de nuestros dedos como queriéndose aferrar a la vida.

Con el correr del tiempo, no advertimos lo que ellas sí advierten: el embelesamiento. Que pasará a ser su arma favorita.

Así, a igualdad de faltas, mientras la mano de la justicia paterna cae sobre los reos varones, en el caso de las hijas, merced a múltiples recursos, esa justicia podrá ser atenuada, conmutada y hasta es posible, puedan lograr una amnistía. Resultado de esta situación es que se pasearán, ufanas, delante de sus hermanos, pavoneándose del poder que tienen sobre su padre.

Mientras tanto, con el correr de los años, los padres cuidaremos de ellas en todos los aspectos. Sus entretenimientos, sus compañías, sus lecturas, el aprovechamiento del tiempo, su vida religiosa y tantas otras cosas, serán supervisadas y corregidas, si fuera necesario, buscando que ellas vayan creciendo en gracia y virtud.

Llegada, más o menos, la edad de la adolescencia, es que comenzarán a rondar la vida de las hijas un cierto número de pajarracos interesados en ellas. Es el momento en que el padre deduce que es hora de alistar la escopeta. Para ahuyentar a los pajarracos. Pero en el fondo de su corazón sabe que en algún momento se cumplirá el designio cristiano de que la hija dejará a sus padres para unirse a su marido. Eso en algún momento sucederá.

Y sucede.

La primera en enterarse será la madre. Porque en esas cosas son las madres las que le informan a los padres. Pero, vaya sorpresa, no con ninguno de los que la rondaban.

El romance es con Otro.

Ese Otro que ha amado a nuestra hija más que nosotros mismos. Y desde antes que naciera. Y desde antes que naciera ya se entregó por ella. Y la hija descubre a este Novio y lo va conociendo y se va enamorando de Él cada vez más.

El padre, en principio, queda sin respuesta. Tenía todo controlado. Pero una hija monja no estaba en los planes. Quizá porque lo de tener hijas religiosas le sucede a otros, no a uno. Y queda a la expectativa.

Y pasa algún tiempo. Y todo sigue igual o, mejor dicho, la vocación de la hija se ha ido afianzando.

Parece que la cosa va en serio.

Y tan en serio va que a los pocos años se entrega como esposa a Él. Para siempre.

Y el padre, yo, los amigos que tienen hijas monjas y todos los padres de religiosas del mundo, vemos que cuanto más lo ama a Él, más nos ama a nosotros. A pesar de que ya no está con nosotros. Y sin embargo, es cuando más cerca está.

Y ese Amor es tan potente que la hija ya no quiere vivir más que para Él. Y se enclaustra. Porque entendió que “solo una cosa es necesaria”. Ya no hay nada en el “mundo” que le interese.

Alguno podrá pensar que los padres, durante todo este proceso, anduvimos llorando por los rincones de la casa. Que quedamos postrados por la depresión. Nada más equivocado.

Es que nosotros también íbamos siendo transformados y entendimos que ella, nuestra hija, o, como en mi caso, nuestras hijas, porque ya no era una sino que eran dos, habían “elegido la mejor parte”.

Este Esposo le ofrece una vida a contramano de lo que cualquier mujer podría esperar. Le ofrece pobreza, obediencia a sus superioras, castidad, anonimato, sacrificios y toda una vida ascética, de desprendimiento. De desprendimiento incluso de la propia voluntad para someterla a la voluntad de Dios.

Todo lo contrario a lo que el mundo propone. Todo lo que le repugna al mundo.

Y ella no solo lo acepta sino que lo quiere.

Y va tirando por la borda todo lo que le es propio. Como si estuviera en un globo aerostático que necesita sacarse el peso que estorba para subir más y más.

Cada vez más unida a su Esposo, hasta hacerlo totalmente.

Mientras tanto, el padre, separado literalmente por un océano de aquellos claustros, recordando cómo aquella manita se aferraba a su dedo, decide asirse al hábito de su hija religiosa para que ahora sea ella, a través de su Divino Esposo, quien le asegure la vida.

Pero ahora se trata de la Vida Eterna.

*Dedicado a todos los padres de hijas religiosas, en especial a mis amigos cercanos.

Y a todas las religiosas, cualquiera sea su congregación, especialmente a mis hijas Madre María Siempre Virgen (contemplativa de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, en Tuscania, Italia) y Hna María Victoria de Lepanto (contemplativa de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, en Velletri, Italia); a mi sobrina, Hna María de los Ángeles (Carmelita Descalza, en Buenos Aires, Argentina); a mi cuñada, Hna María de los Ángeles (Carmelita Descalza, en Santa Fe, Argentina); a mi tía, Hna María de la Paz (QEPD), de la congregación de las Hermanas del Huerto y a mi tía abuela, María Wenceslada (QEPD), de las Hijas de la Caridad.

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