¿El fin de la vida religiosa?

En los últimos años, entre aquellos miembros de congregaciones religiosas en vías de desaparición, se ha dado en difundir una máxima para justificar el desastre vocacional y la deriva espiritual vacía que los anima. Este axioma, que dice que “es la hora de los laicos”, condensa, por una lado la incapacidad para atraer nuevos candidatos a una vida religiosa con un carisma particular y, por otro, la arrogancia evidente de no solo no admitir el fracaso personal y comunitario sino también la altanería de creer que, además, se puede juzgar o dar consejos a otros.

Para ellos, estos fracasados, la hora de los laicos, es “un signo de los tiempos”; eufemismo bajo el cual cabe cualquier estropicio intelectual pergeñado por la progresía eclesial.

La causa de este barranca abajo imparable de estas congregaciones gangrenadas por el modernismo y, en muchos casos gracias a Dios, en vías de desaparición son varias, pero no es este el motivo de este escrito.

El tema es que el Dicasterio para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica ha emitido un documento en el cual se especifica que los obispos tienen ahora una enorme restricción para erigir, en sus diócesis, nuevos institutos de vida consagrada ya que para aprobarlos deben contar con la autorización escrita de este Dicasterio.

Ya había, durante este pontificado, algunos documentos sueltos y runrunes que iban anticipando esta medida despótica.

Saltan, en un santiamén, varias cosas a la vista.

La primera es que hay un trámite burocrático más. Si quienes aprobarán en última instancia estas asociaciones son los burócratas de la CICSVA, ¿para qué interviene el obispo? Convendría, a efectos de ser más “fluidos” en las decisiones, que los interesados en ser aprobados se dirijan directamente a los responsables últimos de su aprobación.

Lo segundo que se evidencia es el pobre concepto que tiene el Vaticano de sus propios obispos a quienes no les adjudica capacidad para discernir y aprobar lo que conviene o no a su diócesis en esta materia. Leyendo hoy el artículo del Padre González Guadalix, en Infocatólica, tomo lo que transcribe de un documento del último Concilio: «los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas» y «a ellos se les confía plenamente el oficio pastoral, o sea el cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas, y no deben considerarse como vicarios de los Romanos Pontífices, ya que ejercen potestad propia y son, en verdad, los jefes de los pueblos que gobiernan».

Surge entonces una tercera observación: ¿no es que somos tan sinodales?, ¿no éramos tan Conciliares?, ¿no queríamos una descentralización en la toma de decisiones de la Iglesia?

Patrañas, argucias, farsa. “Fulbito para la gilada” como diría mi amigo el abogado, profesor de historia y ex árbitro internacional de fútbol.

Pero el fondo de la cuestión es demasiado serio como para que nos quedemos de brazos cruzados porque esta medida obedece a un plan; plan que si no es diabólico se le parece mucho o bien la ha diseñado alguien que come helados con la frente.

Veamos qué puede ir pasando con la vida religiosa en el corto y mediano plazo.

Las congregaciones viejas, salvo muy escasos focos en los que despunta algo de vitalidad, se irán extinguiendo; por la inacción de sus miembros, el abandono de las reglas que otrora les dieron glorias de santidad o por la acción de la naturaleza misma. Los pocos conventos, monasterios y demás casas religiosas, muchos de los cuales son verdaderos geriátricos, en cuestión de décadas se suprimirán, estarán completamente vacíos y los últimos miembros languidecerán hasta su total desaparición.

Lo dicen las estadísticas y la vida relajada que llevan no hace más que confirmar el futuro negro y amargo que les espera.

Las nuevas asociaciones de fieles, las que de ahora en más pretendan ser aprobadas, deberán pasar primero por el tamiz del obispo, lo que ya sería un logro muy importante porque el obispo no dejará de saber que él también será examinado por el Vaticano al aprobar una nueva asociación. Y en caso de que el obispo la apruebe, ¿cree alguien que esa asociación no estará impregnada del modernismo, ecologismo y pasteleo que predomina, claramente, en la Iglesia actualmente? La inmensa mayoría de los obispos son extremadamente cobardes y tiemblan de solo pensar que puedan desagradar a Francisco.

¿Y las otras congregaciones, institutos, etcétera, de corte tradicionalista que ya tengan la aprobación en cualquiera de sus fases?

La gran mayoría de ellas, o están intervenidas o en procesos de investigación por el cardenal Braz de Avis y su séquito; y lo más probable es que o sean disueltas, como ya ha pasado con algunas o que comience un proceso de modificación de sus constituciones y reglamentaciones para su aggiornamento y adecuación al modernismo rampante.

Eso es lo que puede presumirse, a grandes rasgos, sobre lo que vendrá en este tema.

Las congregaciones nuevas, caso Heraldos, IVE, Franciscanos de la Inmaculada y otras, ya han sido comisariadas e intervenidas, sin causas valederas, por sujetos sin idoneidad que pasan a inspeccionar y proponer medidas sobre el futuro de estas asociaciones. Para citar un ejemplo recordemos aquel escandaloso caso del carmelita sodomita del que circularon fotos desvergonzadas y que formaba parte del “equipo” encargado de “evaluar” a los Heraldos del Evangelio. Otros casos son aquellos “disconformes” con sus propias asociaciones que denuncian y luego asesoran a la CICSVA en perjuicio de sus antiguos hermanos de congregación, como ocurrió con los Franciscanos de la Inmaculada o con el Padre Javier Olivera Ravassi, el hijo dilecto de Monseñor Taussig, que asesoró a la CICSVA en el último Capítulo General del IVE, en perjuicio de sus antiguos hermanos de religión. Ésta es una de las tantas acciones que este sacerdote ha llevado a cabo contra su ex congregación a la que tanto debe.

En fin, causas inventadas o exageradas de las que se valen estos modernistas, estériles en sus propias congregaciones, para meter sus narices y sus garras para corromperlo todo.

¿Qué nos espera para la vida religiosa en el futuro?

Con una perspectiva puramente humana, sin una intervención Providencial, los vaticinios son más que sombríos.

Los datos son casi matemáticos. Las congregaciones viejas se van por el sumidero; con muchísima más pena que gloria y con un final tristísimo. Muchas de ellas lo hacen habiendo traicionado la propuesta de, en gran cantidad de casos, sus santos fundadores.

Las nuevas, las que surjan en adelante, serán excepcionales en número y, con seguridad, de efímera duración ya que ¿a qué joven le va a interesar  entregar su vida por “green peace” o por postulados globalistas? ¿A qué jovencita le va a interesar imitar a las monjas de peluquería?

Y a las congregaciones tradicionalistas o conservadoras que ya existen y que están bajo la lupa del Dicasterio de Braz de Avís, le veremos aguadas sus constituciones, hasta hacerlas casi irreconocibles.

Todo esto bajo esa trampa caza bobos, ese disfraz, que oculta “la hora de los laicos”.

Habrá que seguir trabajando y desenmascarando estas maniobras inicuas, recordando las palabras de Nuestro Señor “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”, y contra Él no habrá Braz de Avís o Carballo que valga.

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