¿Será verdad?

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A partir de la declaración conciliar Nostra Aetate, de octubre de mil novecientos sesenta y cinco, gran parte de la jerarquía de la Iglesia Católica ha interpretado, en líneas generales, que su relación con las otras religiones debe ser entendida como un continuo desdecirse, retroceder, pedir perdón y una serie de humillaciones inexplicables.

Es que la concepción de este documento se basó, como lo dice el Proemio en su primer párrafo, en querer fundamentar la Unidad y la Caridad sin mención de la Verdad, la Verdad Trinitaria; sin entrar a considerar el resto del documento, que también tiene lo suyo.

Es en ese contexto que debe entenderse que la causa de beatificación de Isabel la Católica, que se iniciara a fines de la década del cincuenta del siglo pasado, quedó paralizada sin explicación pública valedera durante varios lustros. Lo que en realidad quiso ocultarse fue la tenaz oposición del judaísmo a que Isabel de Castilla fuera llevada a los altares. Oposición a la que la Iglesia cedió.

Fue San Juan Pablo II quien decidió darle algún impulso ante la proximidad del Vº centenario del descubrimiento de América; pero la enérgica intervención del cardenal francés Jean Lustiger, judío converso, asesorado por el P. Jean Dujardin, dio por tierra con las intenciones papales. La causa de Isabel la Católica sufrió un renovado parate.

Ahora, el sitio progre Religión Digital, nos anoticia de que el Papa Francisco ha mostrado su enojo con los obispos españoles por “no hacer santa a Isabel la Católica”; con lo cual pareciera que es intención papal reparar esta situación.

Uno se imagina a obispos y cardenales correteando para dar rápido cumplimiento a lo que para ellos será a partir de ahora algo de máxima prioridad. Cinco minutos antes de que Francisco dijera esto, ellos no tenían ni la más remota intención de promover esta causa. En fin.

Esta situación, de ser verdad lo que informa este sitio tan dañino y mentiroso, da para algunas observaciones.

En principio, se puede pensar que el sanedrín ha dado su visto bueno. Vaya uno a saber el porqué. Pero no otra cosa se desprende de lo declarado por el cardenal Cañizares, en la nota de marras, respecto de las “espléndidas” relaciones con los judíos.

En ese sentido, también es impensable que Francisco sea autor de una iniciativa que contradiga el pensar de “nuestros hermanos mayores”.

En segundo término debemos reconocer que este impulso a la causa de la reina castellana, por parte de Francisco, es algo totalmente inesperado; pero no nos sorprende viniendo de quien viene, tan dado a decisiones inexplicables. En todo caso, suponiendo que los fundamentos y el posterior desarrollo del proceso estén basados en las más altas razones, será motivo de aplausos para esta decisión papal, tan necesitada de actos verdaderamente acordes con la silla petrina.

La duda sobre los fundamentos que se esgrimirán para su potencial beatificación surge, sin ir más lejos, con lo sucedido en el caso de Monseñor Angelelli. Y al respecto, debo reconocer, y seguramente muchos a la par mía, el verdadero desagrado, por ser recatado, de pensar que en el santoral católico coexistan la figura de la gran reina católica con el obispo riojano.

De concretarse esta beatificación, aunque ya no la realice el actual Papa sino alguno de sus sucesores, esta acción de renovar el impulso de este proceso, significará para Francisco algo que la Iglesia deberá reconocerle, aunque no invalide la catástrofe que su pontificado ha significado.

Salvando las distancias, es análogo a la repatriación de los restos de Don Juan Manuel de Rosas por parte del entonces presidente Carlos Menem. Si bien todos recordamos la fiesta popular que significó tener de nuevo en la Argentina al Restaurador, la cureña y la fanfarria del Regimiento de Granaderos desfilando con sus despojos por la Avenida Callao, con decenas de miles de argentinos agitando sus banderas hasta llegar al cementerio de la Recoleta, el responso inolvidable del querido Padre Alberto Ezcurra, todo ello, digo, no valida la ruina que para el país significó la presidencia del riojano;  pero sí que nos sacamos el sombrero ante su decisión de repatriar a uno de los mayores héroes de esta nación.

Volviendo al tema de Isabel de Castilla, no soy yo el más indicado para ensalzar a esta reina cristiana; abundan estudios doctísimos en ese sentido. Solo digo que no es que quienes la declaren en los altares, y los católicos en general, le estemos haciendo un favor. No es que ella necesite de favores. Ella, actualmente, no necesita nada, estando como está: gozando de la Dicha que no tiene fin. Más bien, reconociendo oficialmente su vida santa y difundiendo su ejemplaridad, nos estamos haciendo un favor a nosotros mismos y al prójimo, y en varios sentidos.

El primer favor que nos hacemos es que ganamos una intercesora. Si bien somos unos cuantos los que le hemos rezado sin necesidad de verla en los altares, esta nueva beata o santa, permite que muchísima gente que no la tenía como intercesora la reconozca y use esa posibilidad de intercesión. No olvidemos que Dios es buen pagador y que reconocerá la acción de esta reina que ordenó que desde México hasta Ushuaia llegara la Cruz a la par de los conquistadores.

También se verán favorecidos los gobernantes, encontrando en ella un ejemplo vivo y completo de quien tiene la responsabilidad de buscar el bien común.

Quienes tienen sentido patriótico podrán ver un modelo de previsión, decisión y competencia para alcanzar la soberanía sobre todo el territorio viéndolo a la luz del completamiento de la Reconquista y la toma de Granada.

Las esposas y madres podrán acudir a ella como intercesora, al ver su vida generosa e incansable en la intimidad familiar, pese a sus inmensas responsabilidades como gobernante del reino más poderoso de su época.

En fin, que múltiples son los frutos que se pueden esperar si este impulso que el actual papa quiere dar a la beatificación de tan extraordinaria mujer se cristaliza.

Esperemos que los obispos españoles, por una vez, se empeñen, al unísono, en concretar este anhelo, centenario, de los cristianos.

Isabel de España, ruega por nosotros.

 

 

 

 

 

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