Una lección de teología

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“Dime: si alguno te hubiera dado polvos de oro,
¿no los guardarías con todo esmero y tendrías
cuidado 
de que no se te cayese ni perdiese nada?
Y ¿no debes cuidar con mucho mayor esmero
que no se te caiga ni una miga de lo que es más
valioso 
que el oro y las perlas preciosas?”
(San Cirilo de Jerusalén)

Una de las cosas que mejor hacía la Iglesia cuando yo era chico, hace ya muchos años, era preparar bien a quienes iban a hacer la primera comunión.

Uno no entendía bien semejante misterio, pero sí le quedaba claro que a partir de ese momento inolvidable, el trato con Jesús, en la Eucaristía, era lo más importante que tendría para el resto de su vida.

Por eso, cuando leí las diferentes notas en el blog Adoración y Liberación, de Vicente Montesinos, sobre lo que ocurre en la diócesis de Santa Rosa, La Pampa, acerca de la forma de recibir la comunión, quedé perplejo: un obispo que reta, públicamente, a sus acólitos por recibir la comunión de rodillas, lo que puede leerse AQUÍ. O que se enfrenta a sus feligreses diciendo que recibir la comunión de rodillas, “divide a la comunidad” y que es una “cuestión ideológica”.

Algo similar ocurre en el Seminario Diocesano de Madrid, jurisdicción del Cardenal Osoro, lo que puede leerse AQUÍ.

A medida que leía esos artículos, que descorazonan a cualquiera, recordaba la forma en que nos prepararon las Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón hace más de cincuenta años. Y lo recuerdo por tres razones distintas.

La primera de ellas es porque creo que nadie puede olvidar esa circunstancia, tan especial y diferente a todas las demás.

La segunda razón es porque mi primera comunión la hice el mismo día con mis otros dos hermanos varones. Los tres, que tenemos poquísima diferencia de edad, tomamos la comunión juntos.

Y la tercera es porque ocurrió un suceso, durante la preparación para la comunión, que nunca olvidaré, ya que con mi corta edad fue suficiente para entender que estaba ante Alguien que no tenía comparación.

La tarde del viernes anterior a la ceremonia religiosa, que se llevaría a cabo el domingo siguiente por la mañana, correspondía ensayar, en la capilla, la recepción de la comunión; lo que se haría, obviamente, con hostias sin consagrar.

El día anterior, jueves, la Madre Teresa, una monja española que hablaba y enseñaba maravillosamente, nos había hablado largamente de la Eucaristía, y había dado numerosos ejemplos de piedad y de la forma más adecuada en que debíamos disponernos, interiormente, para recibirla.

Entrar a la capilla del colegio siempre era para nosotros, a los seis o siete años, entrar al Misterio. No en el sentido de algo que pudiera deparar sorpresas, sino de algo que era inmenso, inasible e incomprensible.

No comprendíamos bien qué pasaba allí. Pero sí entendíamos que ahí había algo distinto. Algo muy importante, pero inexplicable. Y el centro de todo estaba a nuestra vista, detrás de la pequeña puerta del tabernáculo.

¿Cómo era eso de que Jesús estaba escondido en un lugar tan pequeño? No sabíamos cómo, pero lo creíamos y lo afirmábamos convencidos.

Y eso era tan firme, verdadero y real que a esa pequeña hostia, una vez consagrada, una vez hecha Cristo todo, sólo podían tocarla manos consagradas. Lo sagrado, había dicho nuestra catequista, sólo puede ser tocado por manos consagradas. Siempre recordaré esas palabras.

Pero eso, lo inasible e inmenso, seguía siendo tan atractivo y tan diferente a TODO lo demás que las dos docenas de chicos que nos preparábamos para nuestra primera comunión caminábamos esa tarde en dirección a la capilla en perfecto orden y silencio.

Las dos filas bien marcadas, siguiendo las indicaciones, precisas y cortas, de una monja de las Esclavas del Corazón de Jesús, con su hábito y toca negra, avanzaron por la galería exterior y pronto estuvieron en las puertas de entrada a la capilla, donde se detuvieron.

La Madre Alicia, así se llamaba la monja que nos guiaba, aprovechó para practicar el ingreso, tal como se haría el domingo siguiente y, en voz apenas perceptible y con el movimiento de sus manos, fue haciendo que ingresáramos y nos distribuyéramos en los primeros bancos.

Cada uno de los alumnos fue tomando la ubicación asignada y nos preparamos para ensayar el movimiento hacia el reclinatorio donde recibiríamos, de a uno, la santa comunión.

Pero algo nos llamó la atención.

Próxima al altar, muy próxima al sagrario, se encontraba sentada en una silla otra monja, en actitud de custodia y también de espera.

La Madre Alicia percibió nuestra curiosidad, pero nada dijo.

El ensayo continuó como si nada ocurriera y llegó a su fin sin otro incidente que no fuera, seguramente, algún atragantado con la hostia, que tuvo rápida resolución.

Luego de haber corregido lo que pudo haber salido mal, la monja nos hizo sentar en los bancos y nos explicó el porqué se encontraba la otra hermana sentada próxima al altar.

Durante la mañana de ese día, una de las hermanas, limpiando el sagrario, dejó caer, inadvertidamente, una hostia consagrada sobre el altar. Lejos de querer subsanar el inconveniente tomando la hostia con su mano para volverla al cáliz, entendió que esa forma contenía a Cristo, entero, santo e inmaculado. Procedió entonces a dar aviso a su superiora, quien dispuso que, en tanto viniera el capellán del colegio o algún sacerdote, alguien debía quedar próximo al altar en actitud de vigilancia hasta tanto se solucionara el problema. Nunca se les ocurrió hacerlo por su cuenta.

Ese hecho fue, quizá, para mí, el más valioso de toda la catequesis preparatoria. Quedó grabado en mi mente infantil que siempre serían pocas las consideraciones y agasajos que le pudiéramos ofrecer.

Entonces, me resulta incomprensible el hecho de que dos sucesores de los apóstoles tengan en tan poco valor la forma en que se recibe a Jesús en la comunión, aduciendo razones ridículas, para el caso de la uniformidad, o extravagantes para el caso del obispo que hace del tema una cuestión ideológica.

¿Creen realmente, estos señores, que Nuestro Señor Jesucristo está en la hostia consagrada? ¿Lo creen realmente?

Si lo creen, ¿cómo es que no desalientan la comunión en la mano? ¿Por qué creen que somos dignos de tomar su Cuerpo con nuestras manos, con los peligros que eso conlleva? ¿Para qué queremos un paso intermedio? Sin duda que la mejor comunión es la que va de las manos consagradas del sacerdote directamente a nuestra alma.

¿Por qué impedir que la comunión se reciba de rodillas?

Aquella brillante lección de teología que recibí hace más de cincuenta años, de una monjita anónima, creo que aún hoy sería de provecho para muchos obispos y cardenales.

 

 

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