
Los pocos segundos que transcurrieron entre que comenzaron a abrirse las puertas de la logia central de la Basílica de San Pedro y apareció la figura del Cardenal Mamberti para anunciar al nuevo Papa, alcanzaron para que pudiera hacerme la señal de la cruz y encomendar la Iglesia a su Santa Madre.
Creo que nunca los católicos tuvimos una espera tan tensa, previa a este anuncio.
La que sucedió cuando la elección de Francisco no tuvo tanta intensidad porque nadie suponía que él fuera el elegido, casi todos esperábamos al Cardenal Scola.
Pero ha sido tan trágico y nefasto el pontificado que terminó, que todos estábamos excepcionalmente ansiosos.
Cuando fue anunciado el nombre del elegido, fue, ¿para qué negarlo?, una sensación decepcionante. El Cardenal Prevost no era, según mi criterio y el de muchos otros, a quien hubiéramos querido ver en ese lugar y en ese momento.
Confieso que temí, pese a que León XIV estaba dignamente vestido, escuchar, otra vez, el desconcertante y desubicado “buenas noches” con que Bergoglio inició su pontificado.
Esta vez, no fue así. El nuevo Papa comenzó deseando la paz en Cristo Resucitado.
No voy a explayarme mucho más sobre su vestimenta, su alocución o el nombre elegido. Todo es moderadamente esperanzador.
¿Moderadamente?
La duda expresa la sensación que nos ha quedado a los católicos después de doce años en que han sido tantas las maldades y las desagradables sorpresas que, casi a diario, hemos tenido que han ido moldeando una actitud de desconfianza con lo que saliera de Roma.
¿Era el Cardenal Prevost un candidato a tener en cuenta? Si, lo era. Quienes están bien informados sobre la actualidad de la Iglesia sabían que lo era. Quizá no en primerísima línea, pero no tan lejos de ella.
¿Quiénes fueron, entonces, los grandes derrotados en el cónclave?
Sin hacer un listado exhaustivo de quienes vieron frustradas su expectativas, comencemos por nombrar a la Logia San Galo, beneficiaria del cónclave que eligió a Bergoglio. Aquel nefasto grupo que tuvo como principales animadores a los cardenales Martini, Kasper, Daneels, el arzobispo Furer y, sobre todo, Silvestrini, el gran hacedor de obispos y cardenales y, con Bergoglio, de un Papa. El mismo Bergoglio, siendo Papa fue a agradecerle a Silvestrini, ya con noventa años, lo que había hecho por él. Esta mafia, heredada por el Cardenal Guguerotti y algunos más, estaba esperanzada en prolongar su influencia depositando su confianza en el Cardenal Parolín, la cara visible de ese fracaso.
Otros desengañados son los integrantes de la ecléctica comunidad de San Egidio cuya esperanza era el Cardenal Zuppi.
En igual sintonía está el grupo de cardenales modernistas extremos en que se cuenta a Cupich, Hollerich y otros.
También, y hay que decirlo, es la derrota póstuma de Francisco, que hubiera querido ver sucediéndolo al Cardenal Zuppi o al Cardenal Tagle.
Otros de los derrotados fueron, aunque por ahora lo esbozan tímidamente, los medios de comunicación progresistas que existen en todo el mundo, expectantes por ver una figura que asegurara la herencia francisquista; suceso que, por ahora, no se ve asegurado.
Surge, también, el dato excepcionalmente importante de la decadencia de la influencia de la iglesia italiana. No solo se van a cumplir casi cincuenta años sin un pontífice italiano, luego de una seguidilla de cuatro no italianos, sino que también podemos hacer esta comparación: en el cónclave que eligió a San Pío X, en 1903, participaron sesenta cardenales, de los cuales cuarenta y nueve eran italianos; es decir, más del ochenta por ciento de electores. En el cónclave en el que emergió León XIV, los cardenales italianos sólo representaban a un trece por ciento de electores.
¿Qué podemos esperar, vistos los primeros gestos y algunas informaciones que han empezado a conocerse sobre el “currículum”, como pastor, del nuevo Papa?
¿Qué podemos esperar, sensatamente, es decir sin la intervención divina, visto la magnitud y el número de enemigos que encontrará en la situación catastrófica que hereda?
¿Qué podemos pedirle que haga como nuevo pastor universal?
Lo primero, que extrañamos desde hace más de una década, es que nos hable de Jesucristo.
Que nos hable de la Buena Nueva y de la salvación de las almas.
Que nos predique sobre los novísimos: muerte, juicio particular, infierno y paraíso, de lo cual también hace mucho que no escuchamos predicar a un Papa.
Que rescate, predicando la verdadera doctrina, al incontable número de almas llevadas al borde del precipicio por la prédica errónea y confusa de su predecesor.
Que restaure la paz litúrgica y que, por lo menos, vuelva al status quo de la época de Benedicto XVI.
Que devuelva la dignidad a la sede petrina y que el Vicario de Cristo vuelva a tener dignidad en sus modos, su lenguaje, su figura y sus sapiencia.
Que acabe con el hampa eclesiástica enseñoreada en el Vaticano, ya sea en su rama doctrinal, disciplinaria y moral, que tanto mal y desolación ha producido en la Iglesia toda.
Que cesen las persecuciones contra congregaciones e institutos, hay más de cien casos, que se encuentran intervenidos, comisariados y con políticas intimidatorias y asfixiantes.
Que deje en el olvido las catequesis y tanto papel inútil y malintencionado sobre temas que no le competen, ni principal ni secundariamente, tales como la ecología, la inmigración y otros más que han estado en primera línea en la Iglesia durante el último decenio.
¿Podrá hacer esto este nuevo sucesor de San Pedro?
¿Querrá hacerlo?
Un conocido mío, mal hablado, me dijo una frase atribuida a un nefasto político argentino, ya muerto, que decía así: “para saber de qué pierna cojea el rengo, hay que dejarlo que camine”.
No es esa la esperanza que tenemos los católicos.
La esperanza nuestra es que este nuevo Pedro no sea rengo.

Gracias Antonio por retornar. Es tu esperanza tambien nuestra esperanza. Abrazo fraterno
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¡Qué bueno Antonio que podamos disfrutar nuevamente de tus estupendos análisis! Y éste lo comparto totalmente. No abandones esta fructífera tarea. Abrazo.
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