Pasan algunas cosas que no deberían pasar y no pasan otras que deberían pasar

Pasan cosas. Pasan cosas terribles. Pasan cosas terribles en la Iglesia Católica.

El nombramiento, difundido hoy, de “Tucho” Fernández como jefe del Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha conmovido a la Iglesia toda.

No entremos en el currículum vitae del personaje, su prontuario ya es suficientemente conocido; entremos en lo que esto significa.

Hay “sesudos” analistas católicos ortodoxos, que sostienen, desde hace tiempo, que el pontificado de Francisco está acabado, que no tiene nada nuevo para hacer u ofrecer y que sólo se trata de tener paciencia hasta que, de la manera que sea, cese.

Esta es una prueba de lo equivocados que están. La prueba más reciente, sí; pero no la única.

En línea con esta novedad están, por ejemplo, los nombramientos de Jorge García Cuerva como arzobispo de Buenos Aires o el de José Cobo Cano como arzobispo de Madrid, dos seguros próximos cardenales, como el Tucho. Se trata de tres hombres jóvenes que tienen una expectativa de tiempo para influir en el futuro de la iglesia, enorme.

Y estos son datos que conocemos porque nos tocan de cerca. Los nombramientos de obispos, a lo largo y ancho del todo mundo, son desconocidos, en general, porque no nos llegan o no nos interesan, pero la línea de los nombramientos de obispos es esa; personajes de medio pelo, con una ignorancia y preparación tan deficiente que roza el analfabetismo teológico y doctrinario. No juzgo su idoneidad moral ni su santidad de vida, estaría invadiendo la jurisdicción de Otro, me estoy refiriendo sólo a su aptitud intelectual, cultural o su nivel de conocimientos teológicos, doctrinarios o espirituales necesarios para pastorear una diócesis.

El nivel de los obispos, cardenales y demás funcionarios vaticanos es, según la opinión de calificados entendidos en la materia, el peor que se ha visto en muchas décadas. Por supuesto que habrá excepciones, que las hay, pero son eso, excepciones.

El pontificado de Francisco, mal que nos pese, sigue vivo y activo. Lo que se puede leer arriba, es un aspecto. Porque si miramos en otros aspectos no hace más que confirmarse. La persecución a otros obispos, como el caso del norteamericano StricKland, de los más esclarecidos y valientes del mundo, demuestran que la política de cacería de prelados y consagrados no se ha detenido, sigue vigente y cada vez más afinada.

La otra tragedia que sigue avecinándose y que dimos cuenta hace tiempo de la hondura de su perversión, es la del Sínodo de la Sinodalidad Sinodalizante y Sinodalizada, o como quiera que se llame. Cuando veamos su desarrollo final, que comienza en el próximo octubre y culmina en octubre del próximo año, me dirán los “sesudos analistas” si el pontificado de Francisco está acabado y “no tiene nada que ofrecer”.

Esta es la realidad, la contra Iglesia sigue avanzando.

¿Y qué hacemos nosotros, los autotitulados ortodoxos, los buenos, los que sí sabemos cómo son las cosas?

Seguimos peleados y enfrentados, seguimos viendo la paja en el ojo ajeno, que si el obispo debió o no debió haber usado el báculo en tal ceremonia, que si se debe o no usar el púlpito, que esto o aquello. Viene bien este párrafo de Santa Benedicta de la Cruz, comentando a San Juan de la Cruz y  hablando de la Noche del   Espíritu y la purificación de la voluntad con respecto a los bienes espirituales y los peligros de extravío en su posesión: “Atribuyen (quienes están afectados por estos extravíos) a determinados ejercicios una tal eficacia que piensan que si un punto falta y sale de aquellos límites, no le aprovechará ni le oirá Dios poniendo más fiducia en aquellos modos y maneras, que en lo vivo de la oración, no sin grande y grave desacato a Dios. Así, como que sea la misa con tantas candelas, y no más ni menos; y que la diga sacerdote de tal o tal suerte; y que sea a tal o tal hora, y no antes ni después…y…que si falta algo…no se hace nada…; y lo que es peor e intolerable es que algunos quieren sentir algún efecto en sí, o cumplirse lo que piden, o saber que se cumple el fin de aquellas sus oraciones ceremoniáticas.” (Edith Stein, Ciencia de la Cruz, Editorial Monte Carmelo, Pag. 132). Seguimos con el tema del Vetus o Novus Ordo, rechazando la idea de que ambos ritos son dignos de nuestro amor y veneración.

Podríamos decir que los Cardenales “buenos”, siguen desaparecidos y no asumen su responsabilidad de tales. Son ellos los que deberían estar en primera línea, enfrentando esta verdadera revolución que se está dando a la vista de todos; podríamos pensar que deberían hacer algo más que algunas declaraciones sueltas o dar conferencias. Es cierto, nadie tiene derecho a pedirle a otro que sea San Atanasio, pero sí a exigirle que cumpla con los deberes que por cargo y jerarquía les corresponde.

Pero, bueno, allá ellos y el concepto que tengan de lo que es un Príncipe de la Iglesia Católica.

La cuestión es ¿qué hacemos nosotros, los católicos comunes, pecadores, que sufrimos a diario esta situación? ¿Está a nuestro alcance modificar en algo esta catástrofe?

Por supuesto que la respuesta la sabemos todos y es nuestra propia santificación. Porque una de las causas de esta situación, son nuestros propios pecados; no me estoy refiriendo a defectos o deficiencias de orden natural, que tenemos todos; me estoy refiriendo al pecado como obstáculo para la acción de Dios en nuestra alma y de allí hacia afuera como herramienta que Dios pueda usar para santificación de otros, para ser testigo vivos de Él.

Creo, y esta es la opinión de un católico simple como yo, ejemplo de nada y pecador como el que más, que la falla está en que no nos tomamos en serio esto de ser santos. No estamos dispuestos a “dejar el cuero” en esta empresa; empresa personal, intransferible, que nos toca a cada uno por separado.

Evidentemente no rezamos bien  o no lo hacemos suficientemente; podrá haber falta de confianza, falta de fervor, estar mal orientada, desgano, etc., lo que fuere; pero evidentemente nos falta eficacia.

¿Tenemos como prioridad diaria la penitencia? ¿O la reservamos sólo para Semana Santa o no comer carne los viernes? ¿Se reduce nuestra penitencia a no comer carne los viernes? ¿O la extendemos a todos nuestros gustos, a nuestra molicie, a la pérdida de tiempo disfrutando de cosas vanas, etc? ¿Tenemos incorporado el concepto de penitencia a lo largo de todo el día? Realmente ¿estamos dispuestos a sufrir a diario por Él?

¿Tenemos claro que el concepto de santidad es el de unión perfecta con Dios y que para ello es necesario vaciarnos de nosotros mismos para que ese lugar lo ocupe Dios?

No estamos hablando de unión mística que es entrar a vivir en la vida de Dios, cumbres inalcanzables para casi todos; hablamos del estado en que Dios entra a vivir de modo habitual en nuestras vidas, que es el estado de santidad al que estamos llamados todos, por lo tanto, al alcance de todos. Pero para eso se necesita “dejar el cuero” en el intento.

Este es el único modo de influir, poco o mucho, para detener esta catástrofe que vivimos. Cuando seamos verdaderos faros, luz potente, que irradie a Cristo y que, por lo tanto, atraigamos como sólo podemos hacerlo, siendo espejos de la Verdad, es que estaremos en la senda adecuada.

Todo lo demás es cháchara, divague intelectual, jactancia.

Nadie puede dar lo que no tiene. Cuando nuestra alma, mirada como una vasija, esté vacía de nosotros mismos, y la ocupe un torrente de Agua Viva, que es la gracia que no es otra cosa que participación en la vida divina, y esa gracia desborde a esa vasija porque ya la colmó, es que estaremos dando a los demás de esa Agua Viva, a través de la Caridad.

A partir de ahí, es muchísimo lo que se puede hacer.

Eso es la que la Iglesia necesita hoy. No se nos pide otra cosa que vaciar nuestras vasijas y que dejemos que las ocupe Él.

Un comentario sobre “Pasan algunas cosas que no deberían pasar y no pasan otras que deberían pasar

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  1. Gracias estimado Antonio. Muy claro en estos momentos de tanta desgracia para la Iglesia. De todas formas tenemos la esperanza puesta en Cristo y sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella.

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