El Ilustre Extinto

Nos ha dejado, hace pocos días, nuestro querido Padre Carlos Buela.

No soy especialista en la historia de la Iglesia Católica en Argentina, apenas si he leído algunas cosas, pero cuando me enteré de lo grave de su salud, enseguida se me ocurrió pensar que ha sido, probablemente, el sacerdote más perseguido en este país. Recordé al Padre Castellani, a quien se le prohibió el ministerio, aunque luego le fue devuelto; recordé al Padre Alfredo Sáenz, SJ, cuando fue derrumbada su obra en el seminario de Paraná y él mismo fue arrinconado por los jesuitas para que pasara al olvido; pero lo del Padre Buela fue mucho más allá. Debió afrontar destierros, calumnias, difamaciones, desprecios, rechazos y tantas cosas más. Fue rechazado por el conjunto de los obispos argentinos y tuvo que intervenir la mano de un santo para asegurarle continuidad: fue San Juan Pablo II quien, con su intervención oportuna, respaldó la obra del Instituto del Verbo Encarnado.

Aquel domingo de mayo de 1981, en que recibió la inspiración para fundar una congregación, marcó un antes y un después en su vida personal y en la de muchísimos jóvenes, de ambos sexos, que lo siguieron para llevar “a Cristo todo, a Cristo a todos y a Cristo en todo”.

Esa gracia fundacional, “de la que no pudo dudar”, fue el inicio de un pequeño terremoto en la Iglesia en la Argentina. Asombraba y asombra la cantidad de hombres y mujeres que dejaron todo dispuestos a seguir a Cristo crucificado. Porque ese  era el secreto de tan rápido crecimiento de su congregación: el Padre Buela no vaciaba la cruz de Cristo, él predicaba al Verbo Encarnado que se humilló y fue crucificado por nuestros pecados y que con su resurrección venció al pecado y a la muerte. La Pasión y la Crucifixión de Nuestro Señor,  no la escondía.

Hace unos veinticinco años, el querido y recordado Padre Grasset vaticinaba a quien esto escribe que la obra del Padre Buela marcaría un gran hito en la historia de la Iglesia católica argentina.

Es que no era para menos. Causaba admiración ver cómo sacerdotes y monjas, jovencísimos, recién consagrados, formados en la espiritualidad de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y San Ignacio de Loyola y en la  doctrina perenne de Santo Tomás de Aquino, partían desde San Rafael a misionar a los lugares más remotos y más inhóspitos: Sudán, Tayikistán, Gaza, China, Taiwán, Siberia, Islas Salomon y un larguísimo etcétera.

Hace poco tiempo el mismo Papa Francisco se conmovió al ver entrar al Vaticano una veintena de nativos de Papúa, con su vestimenta típica, conducidos por un muy joven sacerdote argentino perteneciente al IVE; en su conversación con el sacerdote, el Papa se enteró que el viaje continuaría hacia Tierra Santa. “¿Cómo hiciste?” – preguntó el Pontífice, intrigado por saber de dónde había reunido recursos el sacerdote para semejante viaje. El joven misionero contestó con naturalidad: “tirando de la manga”.

Esa fue otra de las características que el Padre Buela imprimió a los suyos: la pobreza, la confianza en la Divina Providencia, el  estar abandonados y confiados en Dios. Y parece que en esto también acertó. Hoy en día el IVE, tanto en su rama femenina como masculina, está en los cinco continentes, en más de cincuenta países, casi cien diócesis;  atiende más de 300 parroquias, posee siete seminarios, noviciados femeninos, decenas de monasterios, femeninos y masculinos, escuelas, institutos terciarios, casas de caridad, atención en hospitales, etc.

La obra del Padre Buela ha dado a la Iglesia más de 700 sacerdotes, algunos de los cuales perseveran como diocesanos, y mas de 2500 monjas consagradas.

El vaticinio del Padre Grasset se cumplió largamente.

Y esto recién comienza.

En lo personal, lo recordaré como un hombre con un gran empuje, determinación y valentía, hablando desde el punto de vista puramente humano; y lo recordaré como dueño de una paz y una alegría que solo podían tener fundamentos sobrenaturales, dada las dificultades y persecuciones que el desarrollo de su obra debió enfrentar desde su inicio. También lo recordaré como alguien que todo lo veía con un prisma sobrenatural. Podía estar hablando de comidas, política o deportes, pero todo era llevado al plano de la Salvación.  

Pero si algo sobresalía en él, según mi opinión, era su corazón sacerdotal; esto es, era dueño de las virtudes propias de quien se ha entregado a Dios y a los hombres para toda la eternidad.

El Padre Buela amaba a Dios con un amor exuberante, apasionado, desbordante; y esto era notorio para cuantos lo conocimos. Ese amor ardiente era sin duda reflejado en su amor a la Eucaristía, lo que se reflejaba en su devoción a la Santa Misa, en su unción durante la Consagración y en la forma en que hablaba de este misterio infinito.

La salvación de las almas era lo que le apremiaba. Sabía que las manos consagradas son canales de salvación y por ello ansiaba que sus misioneros llegaran a los lugares más recónditos, para llevar a Cristo a todos y que los sacramentos estuvieran al alcance del mayor número de almas posible.

Su corazón sacerdotal también se reflejaba en el trato de verdadero padre respecto de los consagrados de su congregación. Un padre que amaba a sus hijos y en bien de su perfección les enseñaba, los protegía y los corregía.

La caridad con los más urgidos fue otra de sus obsesiones, para llevar el amor concreto a tantos desprovistos de amor y de necesidades materiales. La fundación de tantos hogares para minusválidos, huérfanos y de toda clase de necesitados así lo atestigua.

Otro rasgo distintivo, notorio y apasionado de su personalidad sacerdotal era su amor sin límites para con la Santísima Virgen María a quien veneraba con un cariño conmovedor, casi infantil, y en cuyas manos ponía todas sus intenciones.

Sus hijos lo reconocían como a su padre. Más de ciento cincuenta sacerdotes y más de setecientas monjas lo despidieron en sus funerales en Génova. En San Rafael, otro centenar de consagrados y alrededor de trescientas Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará hicieron lo propio. En ambas exequias participaron un inmenso número de laicos integrantes de la Tercera Orden de la Familia Religiosa que él fundara.

Conmovía ver a tantos consagrados, hombres y mujeres, acostumbrados a trajinar a diario en lugares donde las consecuencias del pecado como las guerras, el hambre, la pobreza y las miserias humanas se palpan, despedían emocionados a su fundador.

Murió santamente, con todos los sacramentos y con la Bendición Apostólica y la Indulgencia Plenaria enviada por el Papa durante su agonía.

El comisario actual del IVE, Cardenal Santos Abril y Castelló, en su nota de pésame califica su muerte de “grave pérdida” y habla del “ilustre extinto”.   

Adiós querido Padre Carlos Buela. Que la misericordia ilimitada de Dios nos permita reencontrarnos en la Fiesta Infinita.

6 comentarios sobre “El Ilustre Extinto

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  1. Maravillosa nota! Admiro .esta gran obra, sigo muchas de sus actividades, tengo sacerdotes y rwl8giosas conocidas y queridas en el Instituto. He realizado Ejercicios espirituales! Es una gran obra!! Conozco el Higar San Martin de Tours, es admirable lo que se hace ahí! Dios se sirve de.lo mejor! Bendito sea Dios y su Santísima Madre, que el Padre descanse entre sus elegidos y siga guiando wsta obra que tanto bien hace.por el.mundo entero!!!

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  2. Gracias infinitas doy a Dios por haber conocido al Padre Buela, solo con ver su sonrisa podías ver su alma, allí se veía todo el amor que sentía por la obra del Señor.

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  3. SI PALABRAS… EL FUNDO EL HOGAR DE NIÑOS SANTA GIANNA BERETTA MOLLA Y YO FUI CON TRES DE MIS HERMANITOS LA PRIMERA EN LLEGAR AHI… NO TENGO OTRAS PALABRAS QUE DECIR …..GRACIAS TOTALESSSS… HASTA PRONTO PADRE BUELA🥲🥲

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  4. Un gran hombre …. En la fe en Dios , en la seguridad en el seguimiento de las cosa grandes …. En no detenerse ante los tibios , los ingratos ….. Orgullosa de haberlo tratado ….. Su obra perdura contra todo porque es de Dios…. Gracias …. Gracias Querido Padre Buela

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