Desarmando una bomba

La Iglesia que heredó el Papa León XIV, de su antecesor, es una institución con una evidente y extrema tensión interna cuyo peligro, inminente, fue descripto por el Cardenal Muller en las Congregaciones Generales previas al cónclave que eligió al nuevo Papa.

El purpurado alemán no anduvo con rodeos y alertó sobre la gran posibilidad de un cisma. Y creo que no exageró en lo más mínimo.

La realidad, creo yo, es que las condiciones para que se diera este cisma, se venían incubando desde mucho antes del inicio del catastrófico pontificado de Francisco. Pero esta posibilidad, extrañamente, de concretarse, estaría protagonizada por lo que el vulgo y la prensa denomina el “ala conservadora” de la Iglesia, como lo decía el inefable Sergio Rubín en su suplemento religiosos del diario Clarín.

Extrañamente porque, históricamente, aunque no siempre, quienes promovían y encabezaban los cismas o movimiento de separación, en la Iglesia, fueron los que podríamos englobar bajo el rótulo de “liberales”, aunque este término no se ajuste exactamente.

Esta posibilidad fue barajada por Francisco, quien declaró, en un tono descalificador para un pontífice, “no tengo miedo al cisma”.

Los liberales, izquierdistas, progresistas o cómo quieran ser llamados, hace mucho que dejaron de pensar en cismas. Ellos ya decidieron quedarse dentro de la Iglesia, para reformarla según su criterio, pero desde dentro. Y, con certeza, si algún pontificado les ha resultado especialmente propicio para reformar/deformar la Iglesia ha sido bajo el mandato de Bergoglio. ¿Por qué habrían de querer irse, entonces?

Desde ese punto de vista, Rubín tiene razón.

Ahora bien, muerto Francisco, ¿se han cerrado las puertas para que los liberales continúen con su acción de desintegración de la Iglesia fundada por Jesucristo, tal como la conocemos?

Indudablemente, no.

En principio, y aunque hay signos esperanzadores, habrá que esperar, y mirar, al nuevo Papa. Pero no es sobre este tema al que está referido este artículo.

Lo que sí es evidente es que Francisco ha dejado una bomba que, de estallar, deformaría completamente la Iglesia y la dejaría en un estado irreconocible.

¿A qué nos referimos?

No nos referimos a la posibilidad de la comunión de los divorciados vueltos a una nueva unión, ni a la bendición de las parejas homosexuales, ni a la modificación de la doctrina, como en el caso de la pena de muerte, ni a las canonizaciones expresas salteando normas establecidas, como en el caso del Papa Juan XXIII o la beatificación, completamente irregular, de Monseñor Angelelli, ni a la pretendida descentralización de la autoridad doctrinal en las conferencias episcopales (inicialmente fracasada) y tantas otras aberraciones que, de suyo, ya constituyeron estragos. 

La peor amenaza que dejó Francisco es la implementación de la sinodalidad; amenaza que ya, en su momento, apenas anunciada, detectamos desde este mismo sitio.

El núcleo, la intención última y pura de este “proceso”, como llamaba Francisco a sus ocurrencias, es la democratización de la Iglesia.

Por eso el concepto y el desarrollo de sinodalidad de Francisco es mucho más tenebroso y dañino que el de la misma iglesia alemana.

Luego de adormecernos por años con términos y expresiones aparentemente ingenuas y aceptables en sí mismas como “tender puentes”, “escucha mutua”, “acción del Espíritu”, “caminar juntos” o “discernimiento” y, especialmente, “santo pueblo de Dios”, se concreta el proceso de la sinodalidad para hacer añicos el sistema de toma de decisiones, dentro de la Iglesia. En ese contexto es que debe entenderse el nombramiento de una religiosa al mando de un Dicasterio, de los más importantes, dentro de la estructura vaticana. La separación del poder de jurisdicción o de gobierno del orden sagrado, que era lo que se concretaba con el nombramiento de la monja Brambilla, por lo que protestaba el Cardenal Stella en las Congregaciones Generales, nos estaba anunciando que la forma de tomar decisiones iba a cambiar. Y no sólo porque Francisco era un autócrata dispuesto a llevarse por delante normas, tradiciones o personas, sino porque él había decidido que la forma de gobernar iba a ser otra. De una monarquía absoluta se pasaría a una forma democrática. Por supuesto, mientras él fuera pontífice, eso no sucedería, pero le dejaría ese “regalito”, esa bomba, a quien o quienes le sucedieran.

¿Y en qué consiste esta nueva forma de decidir y gobernar la Iglesia?

En la implementación de “sínodos”, a todos los niveles, con la participación de todo el “santo pueblo de Dios” (“La imagen de la Iglesia que me gusta es la del santo pueblo fiel de Dios…”) (A. Spadaro, SJ. Entrevista a Francisco).

En principio, digamos que nos quieren hacer creer que la sinodalidad es parte constitutiva de la Iglesia.

El término constitutivo es definido por el diccionario de la Real Academia Española como algo esencial o fundamental, es decir, que define a un ser. La Iglesia Católica no tiene como parte esencial a los sínodos, que no son más que herramientas de que se vale para determinadas circunstancias en que se debe estudiar, en conjunto, algún tema específico. Y el vocablo sinodalidad mi siquiera existe en el idioma castellano.

La participación que se pretende no es solo para quienes tienen la plenitud del orden sagrado, los obispos, sino, también, para laicos, religiosos, religiosas etc. Es decir, todos, todos, todos.

¿Qué nos decía Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium?

“El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”. (EG Nro 31)

Y la participación deberá ser completa, con voz y voto para todos, donde emergerán las decisiones soberanas. Será cuestión de tiempo, la aceptación de esta realidad por parte de la jerarquía católica. Como ejemplo esclarecedor y suficiente tenemos lo que pasó entre el 31 de marzo y 4 de abril, de este año, con el Camino Sinodal de la Iglesia Italiana. En extrema síntesis podemos decir que el documento preparado por el Consejo Episcopal Permanente y presentado ante la Asamblea Sinodal, fue rechazado por abrumadora mayoría (835 rechazos, 12 a favor y 7 abstenciones y con la participación de 530 laicos) por no contemplar la posibilidad del acceso de la mujer a nuevos ministerios ni la de la realidad del mundo LGBTQ. Esta Asamblea no tenía poder de revocatoria del documento, pero lo revocó de todas formas. Lo más grave es que el documento, de aprobarse por la CEI (con las reformas que surjan ahora), será de aplicación obligatoria para todos los obispos italianos.

“El sensus fidei del Pueblo de Dios no puede ser ignorado”, afirma Santiago Madrigal, SJ desde la Civiltá Católica, en un escrito laudatorio del finado Papa.

En eso consiste la bomba de Francisco.

No se trata, solamente, de quién mandará en la parroquia o que los vicarios laicos le digan, hasta a los curas de pueblo, cómo cumplir con su ministerio. Todo ello, grave en sí mismo.

Se trata de que la implementación de este proceso de toma de decisiones no tendrá límites. Y, aunque ahora parezca una exageración, habrá que ir pensando que pasará cuando los sínodos, desarrollados de esa manera, puedan cambiar la doctrina o la interpretación de las sagradas escrituras, o exijan la evolución del magisterio o el olvido de la tradición. Solo quedará, como firme, la volátil voluntad del “santo pueblo de Dios”.

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