
Puede que este escrito sea poco simpático. Y hasta antipático, si se quiere.
Pero nada más lejos de querer ser aguafiestas o pesimista. Ni siquiera su contenido pretende ser una desmentida de la esperanza moderada, en este pontificado, de la que hablábamos en el artículo anterior.
Simplemente que las cosas hay que decirlas o puntualizarlas, vengan de donde vinieren. Siempre con el respeto y la caridad que nos obliga a todos los católicos.
El punto es que en el día de ayer se cumplió un mes del fallecimiento de Francisco, el papa argentino que precedió al actual; con motivo de lo cual, León XIV, en su cuenta de X, nos dice Infovaticana , hace mención a este suceso con un sonoro “…regresó a la casa del Padre”.
Nótese que, en principio, luego de los novendiales que se llevaron a cabo inmediatamente después de la muerte de Francisco, prácticamente no ha circulado noticia alguna sobre que se haya seguido rezando por su alma, ni en el Vaticano ni en ningún otro lugar. Pareciera que Jorge Bergoglio ya no necesitara de nuestras oraciones.
Me dicen que en Italia, aunque en la Argentina también, la expresión “volvió a la casa del Padre”, es muy común. Expresión desafortunada, claramente, porque da por segura una situación, como mínima, indemostrable; que tiene consecuencias prácticas nefastas.
Ya, en su momento, una hora después de la muerte de Francisco, el camarlengo, el inefable Cardenal Farrel, nos comunicaba, con igual certeza, que Francisco estaba “en la casa del Padre”.
Francisco, como el común de los mortales, tuvo su juicio particular.
Nos dice Royo Marín, en su Teología de la Salvación, que el juicio particular se da inmediatamente después de la muerte y que se lleva a cabo en el mismo lugar donde ocurrió. En este Juicio, el juez es la Santísima Trinidad, en pleno. “La razón es porque el juicio de Dios es una operación «ad extra» (hacia fuera) y es conocido (…) que esas operaciones «ad extra» son siempre comunes a las tres divinas personas: o sea, que Dios actúa en ellas como uno, no como trino”. (Eudaldo Forment, Sapientia Cristiana)
Es decir, de ese juicio, participaron Francisco, el enjuiciado, y la Santísima Trinidad, el Juez infinitamente justo. Que sepamos, nadie más.
¿De dónde sacó el camarlengo que una hora después ya estaba Francisco en estado de beatitud?
Benedicto XVI, comentando a Santa Catalina de Génova en su Tratado del Purgatorio y Diálogo entre el alma y el cuerpo, nos dice que “el alma, se presenta a Dios todavía atada a los deseos ya la pena que derivan del pecado, y esto le impide gozar de la visión beatífica de Dios” (Audiencia general del 12 de enero de 2011) .
No hay enseñanza de la Revelación respecto a la naturaleza del juicio particular, pero el tomista Garrigou-Lagrange, según lo expuesto por Santo Tomás, explica que: «Este juicio se nos revela como análogo al de la justicia humana. Pero la analogía supone semejanzas y diferencias. El juicio de un tribunal humano exige tres cosas: el examen de la causa, la sentencia y su ejecución».
Respecto a lo primero, indica seguidamente que: «en el juicio divino el examen de la causa tiene lugar en un instante, porque no requiere ni testimonio en pro ni en contra, ni la menor discusión. Dios conoce el alma por una intuición inmediata, y el alma, en el instante en que está separada del cuerpo, se ve a sí misma inmediatamente y es iluminada de modo decisivo e inevitable en lo tocante a todos sus méritos y deméritos. Descubre, por tanto, su propio estado sin posibilidad de error; todo lo que ella ha pensado, dicho y hecho, bueno o malo, todo el bien omitido; su memoria y su conciencia le recuerdan su vida mortal y espiritual, hasta en los menores detalles. Sólo entonces veremos claramente todo lo que nos era exigido».
En cuanto al segundo elemento del juicio, nota Garrigou que: «también la sentencia es pronunciada instantáneamente, no por una voz sensible, sino de un modo enteramente espiritual, por medio de una iluminación intelectual que aviva las ideas adquiridas y procura las infusas necesarias para abrazar todo el pasado con una sola mirada, y sublima el juicio preservándolo de todo error» (R. Garrigou-Lagrange, La vida eterna y la profundidad del alma, Madrid, Rialp, 1952, 2ª ed., p. 93). (Eudaldo Forment Sapientia Cristiana)
Todo esto, el impresionante y solemnísimo momento en que el alma se presenta a Dios para ser juzgada, en la que se ha jugado la eternidad de la misma, exige algo más que una liviana conclusión, y su difusión, de que “volvió a la casa del Padre”.
Pero es que, además, de la afirmación de que “volvió a la casa del Padre”, se concluye el estado de beatitud, de santidad, del sujeto en cuestión, que trae como consecuencia, entre otras, la posibilidad de emulación y causa de ejemplaridad para los que todavía pertenecemos a la Iglesia Militante.
Antes, la Iglesia se tomaba décadas y siglos para dictaminar semejantes certezas.
Otra consecuencia de esta temeraria afirmación es que los deudos, allegados o simples conocidos del finado, dejan de rezar y de pedir misas por el alma que, con muchas probabilidades, esté en el Purgatorio. Al respecto, conviene leer el excelente artículo del Padre González Guadalix en su Blog “De profesión cura”.
Las almas, así, pasan al olvido, y tan al olvido pasan que no recordamos que en el Purgatorio, además de la espera que el Juez Justo ha determinado, se sufre.
«El dolor es real. Los santos comparan el sufrimiento del purgatorio con arder en un fuego abrasador. De hecho, algunos santos incluso han dicho que el dolor del purgatorio no es tan diferente del sufrimiento del infierno. Una de las principales causas del dolor es el hecho de que se ha obtenido la salvación, pero no se puede disfrutar inmediatamente de sus consuelos. Esta demora en el goce del cielo conduce a una especie de agonía espiritual. Santo Tomás de Aquino lo explica así: cuanto más se anhela algo, más dolorosa se vuelve su privación y como después de esta vida, el deseo de Dios, el Bien Supremo, es intenso en las almas de los justos (pues este impulso hacia él no se ve obstaculizando por el peso del cuerpo, y ese momento de goce del Bien Perfecto habría llegado) de no haber habido obstáculo, el alma sufre por la demora .
«Y finalmente, los que en vida hayan servido al Señor pero que al morir no estén aún plenamente purificados de sus pecados, irán al Purgatorio. Allá Dios, en su misericordia infinita, purificará sus almas y, una vez limpios, podrán entrar en el Cielo, ya que no es posible que nada manchado por el pecado entre en la gloria: «Nada impuro entrará en ella (en la Nueva Jerusalén)» (Ap. 21, 27). (Cardenal Newman, El Mundo Invisible).
Existía, antaño, la “fama de santidad”; es decir que el común de los mortales reputaba a alguien una serie de virtudes cristianas que adornaban la vida corriente de esa persona, reputación con la que murió, por ejemplo, el Papa Inocencio III, que fue quien convocó al importantísimo Concilio de Letrán y quien aprobó la Orden Franciscana y la Orden Dominica. Pues bien, su muerte fue tenida, inmediatamente como el paso seguro a la Visión Beatífica. Pero, según lo que se refiere en la vida de Santa Lutgarda, el Papa Inocencio se le apareció a la santa, la misma noche del día en que murió, envuelto en llamas y afirmando que estaba en el Purgatorio, hasta el día del juicio universal, por tres pecados cometidos, uno de los cuales era no haber querido inclinar la cabeza durante el rezo del Credo Niceno, con lo cual había pecado de soberbia al no querer ser humilde. ( Roberto de Mattei, El examen de conciencia del Papa Francisco, Adelante la Fe ).
Eso pasó con alguien que tenía “fama de santidad”.
El Papa Francisco ni siquiera tenía esa fama.

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