El Médico

Marcelo

El verano de mil novecientos noventa y tres fue muy caluroso; pero aquella semana de fines de febrero fue especialmente tórrida. Y las horas de la siesta no eran las más aconsejables para viajar en auto.

Pero ahí estábamos, transitando las rutas que unen Mendoza y Paraná. El aire acondicionado hacía lo que podía, pero no alcanzaba. El Renault 11, bastante nuevo, era insuficiente. No solo porque lidiaba con el calor sino también porque éramos siete pasajeros. Yo era el piloto y mi copiloto era Verónica, mi mujer, acostumbrada en esos viajes a oficiar de comentarista, para mantenerme despierto, cebadora de mate, distribuidora de comida y otras actividades que desarrollaba simultáneamente. En esos momentos, cuando el viaje promediaba, impartía justicia entre los pasajeros de la parte posterior del auto. Eran cinco diablillos de entre dos y ocho años que dirimían supremacías a puño limpio. Las causas podían ser varias, una galleta, la posesión de algún librito infantil o el simple y básico placer de molestar al hermano. Verónica no las tenía todas consigo y cumplía su cometido con relativa eficacia.

Mi atención se repartía entre la conducción del auto y mi preocupación porque en Paraná estarían operando a mi madre en una clínica céntrica. La intervención médica no era muy complicada pero, tratándose de la madre, a cualquiera lo sobresaltaría más de lo necesario.

Por fin, cuando empezaba a caer el sol, arribamos a la ciudad y fuimos directamente a la clínica.

La operación había terminado, gracias a Dios, sin complicaciones y mi madre se restablecía adecuadamente.

Pero sucedió algo curioso. Mientras mi madre se reponía de la operación, en esos mismos momentos, Carlos, mi cuñado, era ingresado a la misma clínica diagnosticado con un derrame cerebral.

Hubo, entonces, que repartir el cuidado familiar entre ambos pacientes. Pero lo de mi cuñado se presentaba como lo más grave.

Carlos presentaba severos indicios de que el derrame había sido muy grave y fue sedado farmacológicamente y alojado en la sala de cuidados intensivos.

Al día siguiente, mi madre fue dada de alta y trasladada a nuestra casa y la expectativa familiar se volcó, ahora prioritariamente, en mi cuñado.

Pasaron casi dos días  y el pronóstico seguía siendo desalentador, por lo que el equipo de médicos que atendía a Carlos, se decidió por una intervención intracraneana para aliviar la presión cerebral. Era una operación riesgosa pero inevitable.

Entretanto, los familiares hacíamos lo único que estaba a nuestro alcance, rezar.

Pero a Verónica se le ocurrió algo más. Hurgó en su cartera en busca de una reliquia de la Madre Maravillas, la santa carmelita, no encontrando lo que buscaba. Lo único que pudo hallar fue una estampa con la imagen de Marcelo Morsella con un texto al dorso que hablaba sobre su vida ejemplar.

Marcelo Morsella fue aquel seminarista del Instituto del Verbo Encarnado, muerto en un accidente, de cuya biografía se ocupara el RP Miguel Angel Fuentes en el libro “Soy capitán triunfante de mi estrella”. (Ediciones del Verbo Encarnado – San Rafael – Mendoza – Año 2011),

Sin opciones, Verónica entregó la estampa del seminarista a María Rosa, mi hermana, esposa de Carlos, con la recomendación de que lo pusiera debajo de la almohada o en algún lugar cercano al enfermo. Acotemos que ni Carlos, ni su mujer, conocían el IVE ni, mucho menos, sabían de la existencia de Marcelo Morsella.

La estampa fue diligentemente colocada bajo la almohada de Carlos.

Llegaba el momento de la operación y crecía nuestra incertidumbre. Los médicos habían adelantado que no tenían certeza de con qué se irían a encontrar cuando procedieran y no daban grandes esperanzas del resultado. Esperaban, sí, que fuera una muy larga intervención.

Para sorpresa nuestra, a casi una hora de comenzada la intervención, el jefe del equipo médico convocó de urgencia a mi hermana, a quien acompañé.

El parte médico no podía ser peor: “abrimos el cráneo y el cerebro está hecho papilla” fue la brutal expresión. No cabían esperanzas humanas de que la situación pudiera revertirse y ahora el problema giraba en qué pasaría cuando a Carlos se lo “despertara” del coma farmacológico. Los augurios eran trágicos.

Al día siguiente, con el sabor amargo de lo sucedido, partimos con Verónica y los chicos a Misiones, pues mis vacaciones terminaban y debía comenzar mis actividades en el cuartel.

Poco tiempo después, estando en mi casa, recibí una llamada telefónica de mi hermana que, a poco de hablar, me comunicó con Carlos, que estaba en su domicilio, convaleciente todavía y con secuelas del derrame, pero en condiciones inesperadamente buenas para lo que suponíamos.

¿Qué había pasado en ese lapso de tiempo?

Al día siguiente de la frustrada operación craneal, el equipo de médicos fue sacando a Carlos del coma farmacológico y después de un período que superó los tres meses pudo volver a su domicilio.

Durante la etapa de rehabilitación, Carlos estuvo internado en  una reconocida clínica del interior de Entre Ríos. Cuando su mujer fue a preparar la habitación donde se alojó, tuvo la idea de colocar la estampa de Marcelo Morsella en el respaldo de la cama.  Cuando Carlos ingresó al dormitorio y advirtió la estampa, preguntó:

-¿Por qué está pegada la foto del médico en el respaldo?

María Rosa, sorprendida, contestó que no era una foto del médico lo que estaba en el respaldo sino una estampa, y le explicó cómo había llegado allí.

Pero Carlos replicó:

-No, ese era el médico que me visitaba en la sala de terapia intensiva. Él era el que me llamaba por mi nombre, me confortaba, me consolaba y me daba ánimo.

Años después, Carlos se licenció en Psicología.

En 1986, durante el funeral de Marcelo Morsella, el responso fue rezado por el RP Carlos Buela, fundador del IVE. El sacerdote, al despedir los restos de su seminarista, dijo:

-Hoy, hemos fundado en el cielo.

Parece que tenía razón.

9 comentarios sobre “El Médico

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  1. Gracias por compartir ésta hermosa historia. No tengo duda alguna de que nuestro querido Marcelo, acompañó a Carlos durante su operación.
    Yo lo tuve a mi lado durante los dificiles años de mi Universidad,siempre en la libreta universitaria una estampita y en mi carpeta diaria.
    Que Él nos ayude a llegar al Cielo 🙏.

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